viernes, 23 de septiembre de 2016

Yo soy Yaya, un homenaje e invitación a ecólogas chilenas*

¡La Sociedadde Ecología de Chile está de fiesta!

Porque este año y por octava vez se entrega el premio Patricio Sánchez. Este reconocimiento fue instaurado en el año 1999 para honrar a aquellos socios que han tenido una trayectoria societaria generosa,  a la vez que desarrollaban una labor disciplinaria sobresaliente.

Este galardón lleva el nombre del destacado naturalista chileno,  Patricio Sánchez Reyes, quien fue Profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile y un pilar en el desarrollo de las ciencias ecológicas chilenas. Un gran formador de mentes científicas, y demostradamente comprometido con el desarrollo de la institucionalidad científica nacional.

Este reconocimiento ha sido recibido  por un listado honroso de ecólogos chilenos incluyendo:
Ernst Hajek, Carlos Moreno, Fabián Jaksic, Juan Carlos Castilla, Javier Simonetti, Francisco Bozinovic y Julio Gutiérrez.

Hoy día, en el marco de esta Sexta Reunión Binacional de Ecología, el Premio Patricio Sánchez se entrega por primera vez a una ecóloga: Audrey Grez.

Audrey Grez, cuyo verdadero nombre es Yaya, me ha pedido que la presente. ¡Me siento profundamente honrada por eso, y quizá más feliz que la galardonada misma!

Yaya es una científica compleja y generosa. Compleja porque no sólo tiene formación sólida en la disciplina, sino que es una eximia entomóloga, y como pocos todavía en Chile, cuenta con una profunda práctica en el campo de la agroecología y conservación.

Esta confluencia de saberes tanto teóricos como prácticos, han hecho de la carrera de Yaya un raro y bello ejemplo multidimensional de las ciencias ecológicas. Que Yaya generosamente ha dispuesto y compartido con la comunidad chilena a través de su activa (demasiado quizá) participación en los espacios de su facultad y universidad, sociedades científicas, organización de eventos científicos, apoyo en comités editoriales, por nombrar algunos, con los que se ha involucrado activa, positiva y eficazmente lo largo de su trayectoria.

En lo más básico, el trabajo de Yaya y su aporte a las ciencias ecológicas chilenas puede resumirse en la historia de un lavalozas, de unos miles de repollos y de pintura para uñas.

Cuando vi a Yaya en acción por primera vez, su objetivo era conocer y entender los ensambles de insectos del ambiente mediterráneo en Chile central, uno de los más degradados de nuestro continente. En decenas de trampas acuosas, distribuidas estratégicamente en estos retazos de natura, la clave para abatir la entomofauna  estaba en colocar unas gotas de lavalozas, y romper así la tensión superficial del mortal líquido, permitiendo el hundimiento del desdichado artrópodo en las fauces de su ciencia.

Casi 30 años han transcurrido desde ese primer encuentro…ella imbuida en una lupa, ordenando y contando los miles de artrópodos capturados en este paupérrimo suelo mediterráneo… opinando sin levantar la vista de esto y aquello. Con más canas de las que tiene hoy, Yaya auguraba una exitosa carrera como científica.

A lo largo de los años y para mi continuo deleite y sorpresa, Yaya construía la ecología de estos ecosistemas fragmentados, a la vez que escudriñaba la existencia de las decenas de miles de bichos capturados. De hecho, el efecto de la fragmentación de los hábitats sobre las comunidades ha sido una de las preguntas recurrentes en su tarea científica.

Y para abordarlo de manera más sólida, levantó experimentos monumentales y laboriosos, reflejo sincero de su personalidad y capacidad. Desplegó hectáreas y hectáreas de repollos, que distribuidos en configuraciones espaciales especiales, se transformaban en los más extraordinarios “tubos de ensayo” que las ciencias agro-ecológicas nacionales hayan conocido hasta la fecha.

Tal como las grandes obras de la humanidad, el alto vuelo de sus experimentos sólo podía apreciarse desde el cielo.  Y tal como cada una de esas obras prodigiosas, Yaya edificó esa labor en base a un trabajo minucioso y persistente, que incluyó el marcaje de decenas de miles de Coccinélidos –o chinitas- inicialmente con pintura de uñas, para luego modernizarse y utilizar otros tintes más sofisticados.

Un multicolor foco que le permitiría abordar la gran pregunta de la fragmentación, en el gran y necesario contexto de la conservación de biodiversidad, en el tremendamente  degradado ecosistema Mediterráneo chileno.

Yaya ha anidado su carrera en la Universidad de Chile, su alma mater desde sus estudios de pregrado. Donde además desarrolló sus estudios de postgrado, para luego iniciar su trabajo como académica  en el año 1992 en la Facultad de Ciencias Veterinarias y Pecuarias, donde ejerce como Profesora Titular desde el año 2010.

La inmensa obra de sus experimentos se refleja en su nutrida lista de publicaciones, participación en congresos, cursos de pre y postgrado, todo sustentado en sendos y permanentes proyectos de investigación. Necesarios para financiar las plantaciones de repollos y otras hierbas.

Siempre en movimiento, Yaya continúa expandiendo su quehacer, incorporando trabajos en otras latitudes como el Beni, el bosque Maulino, y más recientemente nuestra querida Patagonia.

Ampliando su frontera conceptual a las especies invasoras, y poniendo en marcha todo un movimiento para llamar la atención sobre el flagelo que estas especies foráneas ejercen sobre los ecosistemas nativos y productivos… Yaya está permanentemente conectando con la vida más allá de la academia y las ciencias. Intentando vincular el mundo de la ecología, a través del diseño y uso de herramientas de internet y más, con ese vasto y extraño espacio fuera de la academia. Un esfuerzo innovador para salvar la fragmentación o abismo existente entre el conocimiento docto y el resto.

Todo el monumental trabajo de Yaya se amplifica cuando se mira su labor formadora. Sin aspaviento. Con total compromiso y entrega, tal como lo tuvo Patricio Sánchez, se dispuso a aportar a la construcción de las ciencias más allá del trabajo de laboratorio. Dedicando tiempo honesto y comprometido con la construcción del entramado tan humano como necesario que sostiene, promueve y da cuenta de las ciencias en nuestros países.

Es así que lo largo de los años Yaya ha dirigido más de 45 tesis de pregrado y 15 de postgrado –maestría, doctorado, postdoctorado- acumulando capital humano de alta calidad, que hoy aporta y nutre la construcción de las ciencias ecológicas y de la conservación en diferentes universidades, centros de estudio, agencias gubernamentales, empresa privada, no sólo en Chile, sino en otros confines de Latinoamérica. Este aspecto formativo de su historia tiene un lindo capítulo cuando Yaya se involucró en un proyecto escolar, en un Liceo de mujeres de Santiago, que terminó enviando coccinélidos al espacio y a las estudiantes chilenas a visitar la NASA.

Este esfuerzo formador es reconocido por sus numerosos estudiantes, los que al enterarse de esta nominación no sólo enviaron saludos directos a la galardonada, sino que me entregaron su testimonio, para que yo pudiera compartirlo hoy aquí con ustedes. Reconocen y agradecen su capacidad, dedicación, implacabilidad y compromiso con la formación científica. Esa formación sólida como roca es la que hoy sostiene en cada uno de ellos sendas carreras.

De dichas experiencias surge otra metáfora, pues muchos de sus estudiantes reconocieron que Yaya podría resultar de buenas y primeras, a lo menos intimidante. Su forma directa, sin floreos ni anestesias, al mentón de los problemas o asuntos en cuestión (sean académicos, científicos, societarios, y más) fue un atributo por vencer. Reconocieron asimismo que una vez abatida esa primera impresión, se abrió para ellos un enorme océano… en el que acompañados y guiados por Yaya, aprendieron a navegar con rumbo claro, seguridad y precisión, adentrándose en las aguas de las ciencias, la ecología y más, para finalmente tocar el puerto deseado.

En un mundo hipertrofiado, enfrentado a una crisis de biodiversidad como nunca antes ha sido registrada en la historia de nuestro planeta, las ciencias que profesamos deben remontar el desconocimiento, desconfianza o intimidación que tan comúnmente muestran otras esferas de la sociedad, como las políticas públicas, corporativas, ámbitos productivos, administrativos y otros. Nuestro quehacer no promete un mar calmo, pero si un espacio para enmendar y restaurar nuestra ruta como humanidad. Y el ejemplo que ofrece Yaya, es una enorme contribución en este necesario proceso de transformación.

Todo en ecología se resume a la doble mirada: organismos en sus contextos –sean evolutivos, fisiológicos, conductuales, sociales, culturales-. El foco y su entorno. A lo largo de toda su carrera Yaya materializa y resume esta compleja esencia de la ecología. Pone sus chinitas en el contexto de ecosistemas degradados, o de control de pestes en agroecosistemas. Analiza estructuras comunitarias en contextos altamente productivos como el forestal; o relaciones ecológicas en la textura que provee la fragmentación. Pone la invasión de chinita arlequín en Chile central en el contexto de la cooperación global para la conservación. La educación en ciencias, en el contexto de la formación profesional.   

La doble mirada propia de las ciencias ecológicas se hace carne en la carrera de Yaya, quien en su acto individual como científica logró conectarse con el destino colectivo de los hoy cientos de ecólogos que conformamos la Sociedad de Ecología de Chile (SOCECOL), extendiendo esa conexión a la escala binacional y más.

Lo que no se enseña en ninguna universidad, ni se obtiene en doctorado o maestría alguna, ni se financia con proyectos Fondecyt u otros, es el Compromiso societario. Esta obligación no es necesaria para la carrera de investigadora, pero si para el desarrollo de una disciplina en su conjunto. Justamente fue ese uno de los atributos más destacados de Patricio Sánchez, y es el valor que enfatizamos y realzamos hoy día.

Yaya ha demostrado que otra forma de involucrarse con la construcción de las ciencias es posible. Más allá de sus decenas de proyectos, más de medio centenar de publicaciones en revistas nacionales y extranjeras, decenas de tesistas y postdoc...Yaya se ha involucrado con la ciencia más allá de la generación de teoría y data de calidad.

Hace muchos años tuvo la visión, creatividad, paciencia y coraje para adentrarse en el mundo incipiente y desorganizado de nuestra naciente Sociedad de Ecología de Chile, y de trabajar como artrópodo formícido para mejorarla y fortalecerla desde dentro.

Desde su incorporación como Tesorera en el año 1999, hasta su salida como Presidenta-Pasada en el año 2012, Yaya literalmente transmutó esta agrupación de ecólogos voluntariosos, en una Sociedad sólida.  Las nuevas generaciones de ecólogos y ecólogas chilenas, quienes hoy se están involucrados en el quehacer societario, deben conocer a esta Yaya. E idealmente contagiarse con su ejemplo de entrega y efectividad.

El hecho que hoy estemos aquí, celebrando la VI Reunión binacional de ecología, se debe en parte al trabajo arduo y especialmente visionario de Yaya, quien desde el año 1999 trabajó primero para ordenar y hacer crecer a nuestra SOCECOL. Para luego dotar nuestro rumbo con una visión –y su materialización- de integración regional de las ciencias ecológicas.

Las ciencias sin una posición no conforman sociedad. Nuestra sociedad. Yaya ha sido un motor fuera de borda para las ciencias chilenas y para la Sociedad de Ecología. Demostrando con los hechos  el valor de involucrarse. El valor de entregarse. El valor del compromiso. Y como cada institución es solo lo que son sus miembros, a través de Yaya celebramos hoy día la mejor cara de nuestra SOCECOL toda.

Quizá no lo han notado, pero Yaya tiene otra característica singular, que aunque para ella nunca ha sido tema de preocupación, si afecta en lo más profundo el desarrollo de las ciencias en nuestro país y del resto del mundo. Yaya es mujer.

Para ella este nunca ha sido tema. Pero si lo es para mi. Pues en un mundo donde las condiciones sociales, culturales, políticas, económicas y mas, entorpecen el camino de las mujeres en ciencias (y en casi todas las otras facetas de la vida), Yaya sin proponérselo ha sido una luminaria que ha alumbrado potentemente el camino de la equidad de géneros en la ecología chilena.

¿Por qué es importante este reconocimiento? Porque aún hoy, cundo estamos mirando hacia el Siglo XXII, nosotras las mujeres participamos todavía marginalmente de la tarea científica en general, reducidamente en las ciencias ecológicas y marginalmente del trabajo societario.

Gracias a la visión y esfuerzo de Yaya, iniciado en su época de presidenta y materializado en la campaña “un socio un nuevo socio”, dio el impulso inicial y definitivo para convocar a ecólogas y ecólogos de Chile y sumarlos a las filas de la SOCECOL. Desde ese momento hasta la fecha se incrementó en un 65% nuestra membresía, contando hoy con un total de 220 socios que congregan a la gran y variada mayoría de personas formadas y activas en algún aspecto disciplinario, mayoritaria pero no únicamente, investigación científica. Tenemos sin embargo una tarea pendiente, pues sólo un 31% de nuestros socios somos mujeres.

El reconocimiento que hoy celebramos realza y da empuje a mujeres, que como Yaya son ecólogas. Que como Yaya aportan con fuerza, creatividad, osadía, compromiso, capacidad, generosidad, y convicción al desarrollo de las ciencias ecológicas en nuestro país. Y más. Tanto más.

Con orgullo declaro que Yo soy yaya. Que Olga Barbosa, nuestra flamante nueva Presidenta de SOCECOL, es Yaya. Que Marcela Bustamante, quien fuera Tesorera de nuestra sociedad por años, es Yaya. Que son Yaya todas las ecólogas nacionales que se construyen a sí mismas en la disciplina y que aportan más allá de si mismas a la construcción de nuevas y mejores sociedades.

Somos todas partes de un mismo linaje, y este Galardón permite hoy comenzar a develar nuestra taxonomía, nuestro aporte y nuestra presencia para el desarrollo de nuestra disciplina.

Cuando pensamos que la imaginación es el primer paso para expandir la frontera de lo que es posible, quiero decir que el trabajo de Yaya, hoy muy justamente reconocido, ensancha lo que entendemos por trabajo científico. Su ejemplo permite constatar la necesidad, valor y realidad de conectar el acto individual con el destino colectivo.

Así es como gracias al lavalozas Yaya ha podido establecer un enorme cable a la tierra de la ecología Chilena. Con sus cultivos de repollos ha podido nutrir de teoría y data, ampliando el universo de la ecología nacional. Y quizá lo más relevante, es que con su pintura de uñas ha sido capaz de dar vuelo y generar una diáspora de ecólogas  en la región, conectando disciplinas, geografías, géneros.

Como ciudadanas de un nuevo mundo antropizado y globalizado, las ecólogas de Sudamérica tenemos mucho que aportar. Primeramente a nosotras mismas sirviendo de modelos, de inspiradoras, de mentoras, de ayudadoras de otras mujeres. Dispuestas a dar conocer y promover la voz y la práctica de las ciencias ecológicas en esta parte del mundo.

Y en segundo lugar, como socias en la construcción del siglo por venir. Para que la brecha de género que nos ha marcado se transforme en un retazo de memoria, ya no de realidad. Gracias a Yaya y otras como ella ese tiempo está aquí. Esas conexiones transformadoras existen y están operando ahora. Ese lenguaje femenino es realidad hoy. Nuestra ruta ya está trazada. Y gracias a Yaya hoy tenemos más fuerza para seguir adelante.

Te admiro y Quiero Yaya! Y me alegro por ti y por todas mis compañeras!

*Discurso de Homenaje presentado en la VI Reunión Binacional de Ecología, Puerto Iguazú, Misiones Argentina. 18-22 Septiembre, 2016

viernes, 19 de agosto de 2016

Reflexiones marginales sobre un rol de las ciencias para el desarrollo de Chile

Uaxactún fue el centro científico-religioso más importante del Mundo Maya. Allí, en la región del Petén, el bosque más importante de Mesoamérica, se alzaba el observatorio mayor de la cultura maya preclásica y clásica.  Era el obligado punto de reunión de los astrónomos de todo el extenso imperio maya quienes llegaban desde diversos rincones para desarrollar ahí sus investigaciones.

Como en el antiguo Egipto o en Babilonia la Grande, sirviéndose de la ocurrencia de eclipses, períodos de sequías, plagas, y otras manifestaciones de la naturaleza, la ciencia astronómica maya constituía uno de los pilares principales sobre los que se alzaba el poder político-religioso dominante. Destinado, sobre todo, a servir de instrumento político-administrativo para el pago de tributos, la realización de sacrificios, y las muchas otras prácticas de gobierno, administración y culto. Tal “Poder”, que provenía de este “Saber científico”, era el fundamento de un sistema político-social omnisciente, hegemónico, inicuo, vertical, y a la vez extremadamente productivo, capaz de mantener y abastecer a una población numerosa.

Este mismo “Poder” y ese “Saber científico” se demostraron ineptos para descifrar  la miríada de señales ambientales (pérdida de bosques, de suelo, sequías), sociales (pérdida de control de élites), y otras (enfermedades) que lanzaba una realidad cambiante. Fueron por ende incapaces de reaccionar oportunamente. Como sabemos, este proceso de desconocer esa realidad culminó con el colapso definitivo de aquella civilización.

Varios siglos después, en otro espacio socio-ecológico, en una sociedad transformada y transformándose de modo incesante, el rol de las ciencias se muestra todavía relevante. Pero aunque su relación con el poder no ha desaparecido en absoluto, ella se ha hecho más difusa. Al mismo tiempo, aumentan las exigencias que les plantea la comunidad por un mayor aporte a un bienestar social y ambiental general.

Tal como aconteció con aquella deficiente lectura de la realidad que concluyó con el ocaso de la civilización Maya, percibimos también hoy día en Chile y el mundo una miríada de señales de todo tipo  –ecológicas, sociales, culturales, económicas- que nos indican  que nuestra visión y nuestra acción política-científico-social presenta graves problemas, a la vez que la percepción y entendimiento de dichos problemas han sido hegemonizadas hasta la obnubilación por el binomio economía-productividad.  

En el CNID (y otros muchos espacios similares) se hace carne la sospecha por la urgencia de modificar y ampliar nuestra mirada, para intentar abordar de manera más efectiva los problemas que subyacen a estas señales. Nuestra presunción es que estos problemas y sus consecuencias sobrepasan en mucho los límites del cotidiano quehacer del mundo político y científico, tal como cada uno de ellos se entiende a sí mismo.  

¿De qué señales hablamos?

Desde mi formación ecológica y mi experiencia en conservación de biodiversidad hay algunas que me son evidentes y archiconocidas. Y no tengo dudas que desde la óptica de otras formaciones y otras experiencias profesionales muy diferentes a las mías, esta lista de señales se agranda y se despliega como un abanico de proporciones inabarcables. Agreguemos aquí que ninguna de estas perspectivas es independiente de la otra.

Desde una faceta ecológica, observamos la degradación constante de ecosistemas/especies/poblaciones. Lo que en la práctica significa la pérdida de los servicios ecológicos asociados y producidos –aunque escasamente reconocidos- por esta base o capital natural.

Algunas pocas constataciones estadísticas, sólo para destacar la invisible conexión entre degradación natural y bienestar humano:
- En la zona central de Chile, donde vive el 80% de su población, en 30 años se ha perdido casi el 45% de la cobertura de nuestro bosque mediterráneo. Esta pérdida de bosque nativo, se prolonga de manera metastásica en la interrupción de funciones ecológicas y de servicios como producción de agua, suelo, medicinas, identidad y valoración cultural.
- Como producto de malas prácticas ganaderas y agrícolas, y más, tanto históricas como presentes, se ha producido una pérdida de casi el 50% del suelo fértil en Chile. Esto ha tenido un impacto directo en la productividad agrícola y en un aumento sistemático de las trampas de pobreza.
- Debido a la sobreexplotación o al mal diseño y manejo pesquero y de las políticas públicas que deberían regularlo, y más, constatamos el agotamiento del 75% de las pesquerías chilenas, el servicio ecosistémico marino de mayor valor para gran parte de nuestra sociedad. Las consecuencias sociales y económicas de esta degradación natural son de una envergadura innegable, y estallan con mayor poder que minas navales a lo largo de nuestra costa. (¿Recuerda alguien del sabor del jurel fresco?)

Desde una perspectiva social, constatamos con frecuencia creciente las fuertes señales de desagrado y descontento de poblaciones y comunidades a lo largo de todo el país. Expresadas estas en levantamientos y/o enfrentamientos asociados a megaproyectos “de crecimiento económico”, sean ellos mineros o de energía, u otros, a lo largo de todo Chile. Se suman de modo cuasi exponencial las protestas de grupos laborales como pescadores, comunidades costeras como la de Aysén, Chiloé, Punta Arenas. También las acciones de resistencia pasiva y activa de etnias como la mapuche, pehuenche, hoy ampliamente movilizadas por demandas ancladas en una historia que se hace presente con una fuerza acumulada por siglos.

Desde la perspectiva económica, las industrias nacionales tradicionalmente más relevantes: minería, pesca, forestal, acuicultura, agricultura y ganadería, presentan, desde Arica a Magallanes, dificultades ingentes y crecientes para implementarse –con activa y efectiva oposición social- como son los casos de proyectos mineros-energéticos principalmente. O tienen iguales dificultades para sostenerse en el tiempo –como es el caso de la pesca, acuicultura, ganadería- producto del ninguneo y degradación de la base natural que las sostiene, la que escasamente es incorporado en el diseño de negocios de estas industrias.

Todas estas perspectivas, los conflictos descritos y a la vista de todos, y ciertamente sus potenciales soluciones, todas ellas están conectadas entre sí. Esto es así  por cuanto los sistemas ecológicos y humanos constituyen un único sistema socio-ecológico: complejo, indivisible, cambiante-histórico, diverso.

Un sistema complejo enraizado en los territorios

Es en este sistema único e intransferible donde el componente humano (y toda actividad humana asociada económica, cultural, social, innovación, ciencias, entre otras) se despliega por entre sus componentes naturales. Al hacerlo, al mismo tiempo los tensiona y los impacta, con las consecuencias y efectos ya descritos. Tal como ocurrió con los mayas y casi todas las culturas que conocemos.

Este sistema socio-ecológico complejo, está enviando señales que evidencian la fractura de cualquier relato hegemónico que se quiera hacer respecto de él desde hace tiempo. Las realidades con todas sus diversidades a cuestas, desbordan las intenciones y esfuerzos de orden, de seguridad. Desarticulan las certezas e inundan  los espacios donde se enclaustra la toma de decisiones.

¿Quién está allí para recibir e interpretar estas señales y actuar en consecuencia? Ciertamente aquello que se llama “el poder político”. Pero hace mucho que este es incapaz de actuar en solitario, mucho menos cuando es generado y se sostiene en procesos de intención democrática. Cualquier “poder político” de este tipo, ejercido con mediana inteligencia, es consciente que requiere del apoyo de otras fuerzas, más allá de las propias.

¿Quiénes pueden ayudar a entender, diseñar y catalizar soluciones? Con seguridad son muchos, y entre ellos se encuentran las ciencias. A diferencia de aquella Mesoamérica que se mencionaba al comienzo, la percepción de este mundo actual hace imprescindible un acercamiento de las ciencias a un espacio más social y de común más silencioso. Se requiere, asimismo, abrir la mirada al espacio natural, que no tiene voz, pero que habla a gritos a través de desastres naturales, de comunidades abusadas y de investigaciones científicas que desde su esquina, evidencian estos procesos.

Los sistemas socio-ecológicos existen efectivamente en territorios concretos. Ellos toman la forma de ensambles humanos variados, distribuidos en ecosistemas diversos. Sus relaciones  son socio-ecológicas, singulares, históricas, irreproducibles. Y por su naturaleza misma, su representación tiene lugar en diferentes escalas: local, regional, global. En cada una de estas se establecen relaciones de dependencia e impacto.  Tales relaciones están definidas (aunque varían) por las personas que interactúan con ellas y en ellas. Con todo lo que esto implica: sesgos y prácticas culturales, sociales, religiosas, etc. Son estas personas, con su forma de tomar e implementar decisiones, las que constituyen el desafío de más alto riesgo de la sustentabilidad. Esto incluye ciertamente a los científicos.

El conocimiento que deriva de la mirada profunda de tales territorios socio-ecológicos, ofrece la posibilidad cierta -y también incierta- de capturar y entender la complejidad real de tales territorialidades, de identificar sus relaciones, develar sus complejas interconexiones. Es en los territorios donde se experimenta en primera persona el sinnúmero de fricciones y dificultades que entorpecen la puesta en marcha de las mejores ideas para las transformaciones sustentables que pueden derivar de las ciencias, o de proposiciones e innovaciones que vienen del resto de la sociedad, y todo lo concerniente a ellas. Por esto, sólo una acabada inspección socio-ecológica territorial puede abrir caminos para evitar estas fricciones y dificultades. 

Si tomamos en cuenta que uno de los principales nutrientes del pensamiento científico es la recolección de evidencias, no cabe duda que la ampliación de la mirada hacia tales territorios, expande el mejor reconocimiento de fenómenos y las fronteras mismas de la ciencia. Este espacio territorial social-ecológico- desmenuzado con el instrumental de las ciencias, es el escenario donde tiene lugar el encuentro de los actores de cambio -incluyendo a los investigadores y sus investigaciones. Es decir, se logra un sustrato fértil para que florezca una  innovación responsable.

Es en dicho escenario donde el mundo de las ciencias, codo a codo con los otros mundos del quehacer humano ha de participar en la compleja ecuación del desarrollo. La habilidad de las ciencias de desafiar las certezas, puede entregarnos una poderosa herramienta para la transformación cultural que hoy el CNID está discutiendo. Una que nuestro país fisurado necesita cada vez con mayor urgencia.  Además, se abre así la posibilidad de encontrar aliados en la demanda de una mayor inclusión científica en Chile, en los difíciles y embrollados temas de justicia, equidad, cuidado del medio ambiente. Todos estos son temas que ya están activos e instalados en nuestra sociedad, y que erupcionan a borbotones en cualquier espacio de interés público y de opinión honesta.

Desde la empiria fueguina

Trabajando al sur de nuestro sur, observo a Chile desde aquel territorio marginal, desamparado no sólo geográfica, sino también científica, económica y culturalmente. Constato que estas observaciones, que son hechas desde una esquina de nuestra sociedad, son una mirada muy alejada del poder.

Mi experiencia en Magallanes gira en torno a la gestión teórico-práctica de las complejidades socio-ecológicas, por medio de un abordaje sistemático, con el objetivo de revertir pérdida de biodiversidad, y para que este impacto se traduzca en bienestar humano y sustentabilidad consecuente. Es así como yo entiendo el desarrollo del que tanto hablamos. Este es justamente el mandato de las ciencias de la conservación, joven disciplina científica, orientada a una misión y orientadora, que ha nacido como producto de la crisis ambiental y pérdida de biodiversidad que sufre el mundo de manera ubicua y avasallante.

Pero la verdad es que tal como ocurre  con otras ciencias, la biodiversidad y su conservación no le interesan a (casi) nadie. Sin embargo es menester agregar aquí, que aun con recursos mucho más limitados que los asignados a otras ciencias; sin un entendimiento y/o interés verdadero por gran parte de la sociedad; sin conexiones políticas-sociales; en un contexto político-social-cultural de hostilidad hegemónica; es desde esta marginalidad que hemos sido capaces de iniciar procesos, modificar trayectorias, convocar voluntades, canalizar y optimizar posibilidades materiales, hacia la consecución de objetivos de conservación.

Mi desafío por la conservación, tiene mucho en común con el desafío que tenemos hoy entre manos en CNID, que es promover el conocimiento y valoración de las ciencias y la innovación, como herramientas para el desarrollo de un país al que por tradición poco le han importado ni la una ni la otra.

Las preguntas que plantean ambos desafíos son idénticas.
¿Cómo hacer visible a todos el valor de la conservación (y de las ciencias)?
¿Cómo lograr que estos temas adquieran la relevancia que se merecen en el tratamiento de otros asuntos?
¿Cómo lograr que se los conozca y se los difunda?
¿Cómo lograr que estos temas entren en las agendas de las instituciones y actores públicos y privados?
¿Cómo lograr que se pregunten lo que ellos pueden hacer al respecto?
¿Cómo abrir procesos que permitan buscar y encontrar respuestas adecuadas a estas preguntas?

Desde la realidad de Magallanes y Tierra del Fuego traigo ejemplos concretos de estos procesos, que podrían ayudar a alumbrar este camino:
La instalación nuestro programa de conservación privado en Tierra del Fuego, el Parque Karukinka, establecido con la idea que pudiese servir como instrumento de promoción y valoración de patrimonio natural como base del diseño de desarrollo de esta parte del mundo. Nuestra propuesta se instaló en un área económicamente deprimida in extremis; un lugar con muchas y muy malas historias de frustradas explotaciones; una región degradada ecológica y socialmente que experimentó uno de los genocidios menos reconocidos y más brutales del mundo, el del pueblo Selk’nam. En una comunidad frustrada y por lo mismo ávida de proyectos de inversión, en la que al comienzo existía ignorancia respecto de nuestro quehacer y, por lo tanto un gran rechazo a nuestro proyecto de conservación. En el mejor de los casos, nos veían como una termoeléctrica verde.

Hoy, luego de más de 10 años y todavía con un proyecto en construcción, somos el mayor referente de conservación de biodiversidad que existe en la zona. Hemos logrado un reconocimiento esencial por parte de autoridades, vecinos, actores privados, locales y globales. Y hemos logrado insertar nuestra reflexión y experiencia en conservación (que nos son comunes a todos) en espacios de discusión locales, nacionales e incluso binacionales. Incluyendo el CNID.

Pensemos, por ejemplo, en la restauración de los bosques templados, los más grandes que existen en el mundo a esta latitud, que por décadas han sido y son afectados por la invasión de castores, con la consecuente destrucción de millones hectáreas de bosques de protección de ríos y cuencas en todo el archipiélago fueguino. Este mega-problema tradicionalmente había sido abordado desde el enfoque sectorial, descoordinado, basado en supuestos errados, con escasa aplicación científica para el estudio y diseño de soluciones. Quizá el mayor problema que afecta estos bosques desde el retiro de los hielos glaciares, fue desde su inicio, desconocido e ignorado en Santiago, el centro del poder en Chile. 

En un proceso integrado y sistemático hemos logrado transformar este tema de conservación en una prioridad nacional y binacional. Esto está plasmado en un Acuerdo Político, único en su tipo, en que Chile-Argentina se comprometen a trabajar en la eliminación de esta plaga. Con este objeto se ha conseguido canalizar inversiones nacionales y globales por varios millones, tanto en Chile como Argentina. Y lo que es mejor se ha logrado iniciar un Programa, que es un gran experimento, para poner a prueba algunas hipótesis de control de esta plaga con el objetivo de generar capacidades diversas necesarias para avanzar en implementar acciones efectivas de control de esta y otras especies dañinas para estos ecosistemas australes.

Otro enorme desafío es la conservación de los ecosistemas de las turberas, amenazados por la minería no sustentable y el cambio climático global. Son estos, los agentes vegetales más efectivos y desconocidos de almacenamiento y captura de carbono en el mundo. Su distribución en Chile es netamente Patagónica, y aunque tiene una relevancia no sólo local sino global, han permanecido desconocidos e ignorados en el centro estratégico nacional que es Santiago. 

Con nuestro trabajo integrado, logramos acercar la toma de decisiones a las turberas, involucrarlos en la discusión local, canalizar investigaciones, instalar procesos de educación y lo más relevante lograr el apoyo político de parte del Ministerio de Minería que nos ha permitido reconocer y proteger miles de hectáreas de valiosas turberas en Tierra del Fuego. Con este apoyo hemos iniciado un viaje por un camino aún no recorrido, en el que minería, medio ambiente, nosotros y más, esperamos idear e implementar acciones conjuntas para impulsar investigaciones pertinentes, conectadas con el manejo racional y uso sustentable de las turberas de Patagonia. Esta es una alianza tan innovadora como desafiante de las prácticas productivas y de sustentabilidad tradicionales. No solo en nuestro país, sino en el mundo.

Está también la promoción de la conservación y el uso sustentable de la costa de Patagonia, área que nos conecta directamente con Argentina. Es probablemente la costa más grande del mundo, y es sostenedora (a la vez que amenazada por ellas) de industrias de gran valor económico como la acuicultura, el turismo, la pesca industrial y artesanal. Desde nuestro trabajo por más de cuatro décadas en Argentina, en alianza con la sociedad civil y academia, hemos promovido la generación de información científica y su conexión con la toma de decisiones de la gestión de la costa patagónica. 

En la práctica esto se ha traducido, entre otras cosas, en el diseño y monitoreo de mejores artes pesqueras, así como el diseño y declaración de áreas protegidas en estas gélidas costas. Gracias a esta visión y trabajo, hoy nuestro vecino país ha dado un vuelco al mar estableciendo bajo el liderazgo del Ministerio de Ciencias, el Proyecto Pampa Azul. Que es una propuesta estratégica, basada en ciencias, para usar racional y sustentablemente su porción del Mar Patagónico. 

En Chile, aunque todavía en un proceso en construcción, con nuestras investigaciones pertinentes y nuestro demostrado compromiso con la sustentabilidad local, hemos logrado impactar el proceso de Zonificación de borde costero que realizara la Región de Magallanes hace poco más de un lustro, donde fue decisiva la decisión de excluir la salmonicultura de la Provincia de Tierra del Fuego.

Desde nuestra experiencia, adquirida en este frío Uaxactún, reconocemos una clave para sumar al fortalecimiento de las ciencias en Chile: esta es, la verdadera inclusión de las ciencias en nuestra sociedad, y la inclusión de nuestra sociedad en las ciencias de Chile. Este camino de encuentro se fortalece en la medida que los procesos y desafíos que enfrenta nuestro país -tanto productivos, sociales, culturales, y más- a lo largo y ancho de todo nuestro territorio y maritorio, todo inserto en un contexto global cada vez más conectado e impredecible, puedan abrirse e integrar personas del mundo de las ciencias, con personas provenientes de los otros mundos nacionales. Estos procesos se fortalecen y catalizan en la medida que sean abiertos, participativos, diversos, y puedan estar estratégicamente dirigidos por personas o instituciones que promuevan esta visión. Estos procesos se enraízan en el quehacer cultural, en la medida que puedan desplegarse en los territorios, que con una mirada de largo plazo puedan hacerse cargo de la diversidad contenida en ellos.

En este ejercicio, propio de la construcción de sustentabilidad, el desafío compartido es la identificación y búsqueda soluciones de problemas concretos que afecten la vida de las personas que vivimos en esta sociedad y que habitamos territorios específicos. Donde cada uno de los participantes, aporte en la identificación y construcción de dichas soluciones. Incluida las ciencias y los científicos, ya no como entes iluminados y aislados, aliados o cómplices del poder ciego, sino como socios en la construcción de realidades más amables.

La verdad es que la sociedad contribuye de muchas formas a las ciencias, y no sólo involucra a científicos: proveyendo fondos, las compañías desde sus instrumentos privados, comunidades locales desde su apoyo a científicos y sus instituciones. En el mundo actual, donde la ciudadanía se alimenta de información y por lo mismo tiene acceso a reflexiones más complejas, ciertamente surge la pregunta ¿qué hace la ciencia por ellos? Y ese desafío debe incluirse como un articulador, aunque no como una sentencia, en el diseño del desarrollo de las ciencias en Chile.

Pensando en Uaxactún, y en el rol que jugó en la autodestrucción de toda una cultura  me hago eco del llamado que realizara la Dra. Jane Lubchenco, destacada ecóloga marina norteamericana, quien dirigiera  por años el NOAA – agencia científica del Departamento de Comercio de los Estados Unidos Agencia Administración Nacional Oceánica y Atmosférica- y Asesora Científica del presidente Obama, quien hace algunos años invitó a establecer un nuevo contrato social con la Ciencia, el que permita que científicos pudiesen destinar energía y talento a los problemas más relevantes del día aportando directamente a la construcción de una sociedad socialmente justa, económicamente factible, y sustentada en una biosfera de calidad.

Desde nuestra marginal y profunda visión y trabajo de conservación estamos comprometidos con la construcción de este nuevo contrato.


domingo, 22 de mayo de 2016

Conflictos ambientales en Chile: el elefante blanco en medio de la sala

Cada vez con mayor frecuencia y a lo largo de todo Chile estallan conflictos socioambientales, asociados a proyectos de inversión, “accidentes” ambientales, “sorpresas” asociadas a cambio climático, entre muchos otros factores. El más reciente de estos eventos está anclado a Chiloé, y toca desde pescadores artesanales, la industria salmonera, agencias estatales, cambio global, científicos y más.

Es importante reconocer que estos conflictos tienen más de una causa, que los factores que los explican operan de manera simultánea, que carecemos de información y capacidad suficiente para resolverlos de manera inmediata y definitiva. Así como que hay oportunidades estratégicas que esperan la respuesta de nuestros líderes.

Uno de los factores más relevantes en afectar el bienestar (o malestar) de la población, incluyendo a comunidades, industrias y más, es la biodiversidad. Tal como hoy reconocemos la importancia y magnitud del cambio climático, el mundo reconoce que la naturaleza es una pieza fundamental para proveer bienestar a la población humana. Incluyendo desde la salud de las personas, hasta la sustentabildad de industrias, pues todos los bienes (agua, aire, alimentos, fármacos, etc.) y servicios (ciclaje de nutrientes, captación de carbono, purificación agua, formación de suelo, etc.) básicos para la vida son provistos directa o indirectamente por la naturaleza.

Debido al efecto ubicuo y persistente de los humanos, esta naturaleza se encuentra hoy amenazada, y degradada como nunca antes lo estuvo en la historia de nuestro planeta. Ello se debe entre otras cosas a la destrucción de hábitat, contaminación, invasión de especies, cambio climático, entre otros. Lamentablemente el valor de la biodiversidad se constata cuando se ha perdido, y en ese momento es muy difícil recuperarla. Los efectos de esta degradación son sufridos desde comunidades locales que ven eliminadas sus fuentes de agua, pescadores que ven contaminadas sus áreas de pesca, industrias como el turismo que ven carbonizadas sus activos naturales, la salmonicultura que recibe el embiste de la marea roja u otras enfermedades, o la ganadería que ve disminuida la producción debido a degradación de pastizales.  Incluso enfermedades emergentes como la gripe aviar o el ébola, tienen su origen en la degradación de la naturaleza.

Es por esta razón el mundo inicia a partir del acuerdo de Río en 1992, momento en que nace el Convenio por la Diversidad Biológica, el primer acuerdo global para lograr el reconocimiento, protección y recuperación de la diversidad biológica, incluyendo sus aspectos genéticos, de especies y ecosistemas. Chile, junto a casi todas las naciones del planeta es parte de este Convenio. Y desde su firma ha dado pasos firmes hacia la implementación de este Convenio, incluyendo la creación del Ministerio de Medio Ambiente, algunas de sus agencias (por ejemplo Servicio Evaluación Ambiental, Superintendencia Ambiental, Tribunales Ambientales) y Leyes/reglamentos asociados (Ley de Bases de Medio Ambiente, reglamento SEIA, Estrategia de Biodiversidad, entre otros).

Organismos muy bien conocidos por Chile como la OCDE o el Banco Mundial reconocen asimismo el valor crítico de la biodiversidad para el bienestar social, y especialmente el bienestar y sustentabilidad de los negocios. Compañías de clase mundial, incluyendo extractivas, de servicios, agencias financieras, entre muchas otras han incorporado en sus estrategias de desarrollo la variable de biodiversidad, lo que representa un paso clave hacia la sustentabilidad. Incluso en Chile, compañías (fundamentalmente mineras) y sectores productivos completos (minería  y energía), han desarrollado políticas explícitas comprometidas con la pérdida neta cero de biodiversidad, comprometiendo (al menos en el papel), el interés de detener la degradación de la naturaleza producto de su producción. Esto es especialmente relevante en Chile, cuya economía depende directamente de sus recursos naturales.

Todos estos son avances significativos que apuntan en la dirección correcta: la de proteger, recuperar y promover el patrimonio natural de Chile, y de paso darle sustentabilidad y bienestar a comunidades, emprendimientos e industria nacional.

Sin embargo hay una pieza clave aún faltante: la de crear un Servicio Nacional de Biodiversidad y Áreas Protegidas, que tenga como único mandato la de velar por el la conservación de biodiversidad, y de promover el diseño e implementación de políticas/herramientas con este fin, incluyendo desde áreas protegidas, compensaciones en biodiversidad, restauración de ecosistemas degradados, entre otras.

Es tal la relevancia de este Servicio, que el envío de una Ley para su creación constituyó uno de dos los compromisos ambientales del actual Gobierno. Este proyecto yace en el congreso sin urgencia y si bien no es perfecto, es absolutamente necesario puesto que organiza las facultades ambientales que están repartidas en decenas de agencias y servicios de estado, cada cual con misiones diversas e incluso contrapuestas, e integra por primera vez las esferas público-privada y marino-costera en la ecuación de la conservación y el desarrollo sustentable.

La aprobación de este Proyecto de Ley constituye la última hebra de la reforma ambiental iniciada en 2006. Es la pieza faltante que permitirá a Chile hacerse cargo de sus ecosistemas, y abordar de manera efectiva los problemas socioambientales que estallan día a día a lo largo de nuestro país. Es el elefante blanco en el medio de Chiloé, en los Salares de Atacama, en el medio del smog santiaguino, o de las playas de Puchuncaví, que todos miran, pero que nadie quiere ver.  

Celebramos hoy el día mundial de la Biodiversidad. Lamentamos (sin sorpresa por cierto), la mención nula a la Ley de Biodiversidad y Áreas Protegidas entregada ayer por la actual Presidenta. A pesar del enorme elefante blanco que está instalado en nuestro Congreso desde hace rato.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Colaboración - enfermedad que cura

Nuestro mundo ha seguido a ojos cerrados aquella idea que la competencia es el motor más importante de cambio, bienestar, desarrollo y más. Desde la teoría evolutiva darwiniana, pasando por el libre mercado, hasta políticas de recuperación económica, todas se sostienen en el supuesto que mientras más y mejor compitamos, “más mejor” seremos.

A lo largo de nuestra historia, a medida que hemos ido corriendo el velo de los paradigmas, hemos ido constatando que este supuesto está lejos de ser cierto. Y que las consecuencias de aplicarlo a todo quehacer humano han sido nefastas. No sólo para los humanos, sino para la miríada de otras especies con las que compartimos este planeta. Muy por el contrario, la evidencia nos viene hace tiempo mostrando que la colaboración parece ser por lejos el mayor generador de bienestar. El más grande motor de avances y progresos de la vida a lo largo de nuestra historia.

La existencia de seres complejos como los humanos por ejemplo, no podría ocurrir si no existiese colaboración entre células/órganos de nuestro cuerpo. Se ha propuesto que la colaboración en su grado máximo: la simbiosis -donde un organismo no puede existir en ausencia del otro- explicaría que las células hubiesen podido complejizarse y realizar fotosíntesis o respiración. Ambos procesos clave para la vida tal como la conocemos. Y lo que es más relevante, que en condiciones de máxima precariedad, estas noveles relaciones de cooperación permitieron no sólo sostener la vida, sino catalizar el mayor despliegue de diversidad biológica conocido hasta hoy en el universo.

Sumidos como estamos en esta crisis, donde los problemas estallan en todos los ámbitos de nuestra cultura: educación, economía, soberanía, degradación ecosistemas...una precariedad brutal y ubicua…la pregunta que surge en cada foro que participo es: cómo resolvemos esta crisis?

Desde mi experiencia en conservación de biodiversidad reconozco algunas claves (todas obvias por cierto), que incluyen: asumir la complejidad, reconocer la incertidumbre, diseñar/implementar procesos que permitan aprendizajes compartidos y mejoras sucesivas, impulsar estos procesos a escala local –con los actores relevantes de manera transparente- y conectarlos con fenómenos de orden global…y por sobre todo…entrar en estos procesos de manera colaborativa.

Estas declaraciones son fáciles de hacer desde un think tank o casa de estudios, pero “otra cosa es con guitarra”… cuando tenemos que hacer carne estas ideas en la realidad, involucrando a instituciones variadas, compuestas con personas variopintas, cada una (institución/persona) con sus propios objetivos y métodos, historias, capacidades, etc… la marcha se pone complicada…y lo que ocurre muchas veces, es que a pesar de las buenas intenciones…los excelentes y declarados principios…las cosas no funcionan y no obtenemos los resultados esperados. Esto generando frustración y profundizando la desconfianza propia y colectiva de poder salvar un nuevo o similar desafío.

La conservación que realizo se basa en promover el conocimiento, valoración y cuidado de la biodiversidad, en el entendido que ella es la proveedora más importante y directa de bienestar humano (piensen un minuto en lo que comen, lo que respiran, lo que beben, donde se cobijan, los remedios que los sanan…todo eso y más viene de natura. Y ya). Tarea compleja, por decir lo menos, en un país (y mundo), donde creemos que las plantaciones son bosques, donde pensamos que los conejos son animalitos del campo de Chile, donde pensamos que la naturaleza es algo que está por allá lejos, en Patagonia, y sobre todo porque creemos que las actividades económicas son cosas que viven y florecen en un espacio vacío, desprovisto (y no dependiente) de especies (diferentes de la humana) o ecosistemas. Mi tarea de conservación se basa y requiere colaboración. Y estoy convencida que el mayor cambio cultural que debemos enfrentar para poder resolver la crisis de nuestra biodiversidad, pasa por promover y contagiar la colaboración dentro de nuestro país, y fuera de él.

Y lo que he constatado en este camino de probar-fallar-volver a intentar que en cada Institución -pública, privada, local, global- existen personas que miran el mundo de manera colaborativa. Y otras que no. Existe en todo lugar seres que reconocen la necesidad de sumar esfuerzos y de invertir su trabajo en la generación de bien común. Y otros que no. En cada espacio humano hay individuos que intentan construir en base a conocimiento, a la vez que hay otros que imponen sus planos arquetípicos a como dé lugar. Existen los sujetos que trabajan para la foto y el informe de cumplimiento, al mismo tiempo que otros lo hacen para lograr impactar positivamente la porción de realidad que les compete o interesa. 


Si queremos tener la opción de transformar nuestro mundo, y cambiarlo por alguno mejor, sólo nos queda promover y dejar florecer la cooperación. En todas sus formas. Que aflore y brote por cada rendija nacional. Es relativamente sencillo reconocer los "mutantes colaborativos". Es el punto de partida. Es importante luego resguardar y promover su existencia. Construir con ellos los proyectos que necesitan ser construidos. Cada uno un reguero de sinergia. Cada uno un agente de contagio. Inoculadores de mutualismos, reciprocidad, entrega y más. Nodos humanos de redes transformadoras. Impactando comunidades y catalizando la transmisión de este extraño y necesario virus de la cooperación. Impulsando su propagación incluso más allá de las comunidades humanas…

He aquí el cómo que conozco. Y que me atrevo a aventurar puede ser la cura del mal que nos aqueja. Y que nos corroe día a día ecosistemas y alma.  

viernes, 29 de abril de 2016

Field Work - Trabajo de Campo*

El trabajo de campo de Christy comenzó quizá hace un largo tiempo y la llevó a Tierra del Fuego en el año 2010, donde se cruzó con mi propio trabajo de terreno, en una fresca mañana de febrero. Yo llevaba unos años impulsando un singular y bello proyecto de conservación en el sur de la isla grande: Karukinka, promoviendo el conocimiento y valoración de la biodiversidad de este pedazo de tierra. E intentando enviar un austral mensaje de conservación a Chile y más allá.

Ambas fuimos parte del primer Taller del proyecto Ensayos, al que fueron convocados un novel grupo de científicos (mi caso) y artistas (su caso). Fuimos invitadas a realizar un recorrido compartido que nos permitió visitar diversos destinos al sur de esta isla. En esta travesía híbrida exploramos sus ecosistemas: sus bosques, sus turberas, y nos sumergirnos en su fría costa. Palpamos la fauna austral: guanacos, zorros, cóndores, que antaño sirvió de alimento a la imaginación de los “descubridores” de este mundo. Nos impactamos al constatar las amenazas que penden sobre esta naturaleza como castores o fuego. Compartimos obra e investigaciones, en privadas y sendas exhibiciones, expuestas no sólo a nuestros ojos humanos, sino especialmente a la majestuosa naturaleza austral. Gozamos descubriéndonos los unos a los otros. Y juntos le dimos una nueva mirada a este frío mundo fueguino.

Se daba inicio así al proyecto Ensayos, un esfuerzo liderado por Camila Marambio, el que pretendía generar un espacio de encuentro de mundos que corren casi paralelos: las ciencias y el arte.  En un escenario tan tangible como imaginario: la Tierra del Fuego. Mundos alejados el uno del otro, como parecen ser a veces las ideas y las realidades. Un espacio que desde una geografía especial: austral, vasta, confinada a la esquina de América, dominada como pocas por la naturaleza, se abrió hace un lustro para recibir en su seno  este grupo de exploradoras del siglo XXI.

La Tierra del Fuego constató tempranamente el arribo de grupos humanos los que pulularon por estos parajes, adentrándose en su verde corazón: el bosque fueguino. Estos bosques, los más australes del mundo, simples a simple vista, son imponentes ecosistemas sostenidos y compuestos por asombrosos especies de plantas, hongos y animales. El muy reciente arribo del mundo europeo por estos parajes, cargados con una visión colonizadora hegemónica, sumado al genocidio de los Selk’am la etnia originaria de estos parajes, sepultó literalmente estos ecosistemas forestales, reduciéndolo sólo a su dimensión maderera. Materia prima sin cuerpo ni alma. Madera que se extrajo por décadas, transformando estos bosques centenarios en ciudades. Obviando de paso la riqueza esmeralda contenida en esta fría foresta.

Desde aquel encuentro, Christy ha Ensayado una y otra vez su mirada hacia la naturaleza. Ha tratado de comunicarse con ella de diversas formas, poniéndole oreja e intentado darle voz. Y ha compartido sus aprendizajes conmigo, y con el resto del mundo. En sendas exposiciones en París y Nueva York, ha logrado transportar nuestra naturaleza fueguina y exhibirla no como un raro animal de zoológico, sino como un ser palpitante y atractivo. 

En su último viaje de campo, extrajo de mi bosque favorito una esencia multicolor nunca antes imaginada ni menos develada por mis investigaciones…demostrando la fuerza transformadora del “field work”. El trabajo de Christy, bellamente materializado en formas de tintes, tejidos y lanas, abre una nueva dimensión a la diversidad contenida en los bosques de Tierra del Fuego. Mil veces he explorado esta foresta. Mil veces he contado sus árboles, medido la profundidad de su suelo, o estimado el caudal y la acidez de sus ríos. Nunca antes había constatado la savia multicolor que corre en sus venas. Ni vislumbrado cuántas otras dimensiones todavía por descubrir, albergan estos ecosistemas que tanto adoro y tanto me he esforzado por conservar.

Y este viaje de Christy, al que me he sumado casi de polizona, me ha llevado de lo que fui a lo que soy. Ha logrado dar completamente vuelta mi propio entendimiento de las ciencias. Constatando las múltiples formas de adquirir conocimiento. Asombrándome con las múltiples formas de preguntar a la naturaleza. Complejizando hasta casi el infinito mi práctica de la conservación. Abriendo hasta casi el infinito las posibilidades de acceder a conocimiento, y de paso expandiendo el universo de lo posible en la conservación del sur.

El conocimiento humano y de lo humano ha venido acumulándose a lo largo de milenios. Aportando en este proceso diversas fuentes, algunas más reconocidas que otras. Algunas con mayor impacto que otras. Filósofos y científicos delinearon conocimiento muy tempranamente en nuestra sociedad, generando conceptos en sus cabezas, los que luego definieron formas de ver y entender el cosmos. Millones de personas anónimas por otra parte colectaron conocimiento local, en sus incursiones diarias para alimentación, disfrute o sobrevivencia. Estas dimensiones: la científica y la consuetudinaria no necesariamente están alineadas. Sea por prejuicio, desconocimiento, poder, o quién sabe, hemos construido sendos mundos en nuestras mentes, desacoplados de las realidades de nuestro día a día. Hemos inventado Tierras planas, universos geocéntricos, Dorados, grifos, sirenas y unicornios. A la vez que hemos obviado culturas, ecosistemas o procesos tan naturales como ubicuos, justo allí enfrente de nuestros ojos.

Estos caminos de aprendizaje se cruzan cuando se concreta el “field work”. Es justo este el momento en que la idea abstracta se materializa, y en donde las realidades infiltran creencias, anhelos o temores. Es en la realidad del terreno donde los pensamientos se nutren efectivamente de realidades, y nuevos mundos emergen en la mente y corazón de las sociedades. ¡Y hay tanto territorio por explorar! Tanta idea esperando ser nutrida por tierras tan ricas como variadas. Gran parte de estos mundos están en esta parte del mundo, en el hemisferio sur. Y quizá los más espectaculares están en el sur del sur, en Tierra del Fuego. Allí donde la vida terrestre toca a su fin, y se zambulle en una fría y húmeda vida marina, en algún tiempo la más rica del universo.

El trabajo de campo de Christy repica ahora en mi mente. Miro el cambio propio en sus lanas multicolores. Siento que finalmente estamos cerca de conocer la verdadera alma de los bosques fueguinos. ¡Finalmente! De teñir su historia de uso y abuso con una pincelada de valor y esperanza. Añoro leer el cambio por venir que permita transformar el uso actual de estos bosques para alcanzar algún futuro. Y quiero invitar a muchos a salir al campo. A (re)visitar con su mirada las realidades que han dado por sentadas. Y a sentir a través de su palma el palpitar de este nuevo bosque. Y a tomar su finalmente su mano para transitar estas nuevas realidades naturalmente humanas. 

*Publicado en "Field Work" de Christy Gast, Catálogo Exhibición Galería Patricia Ready, 27 Abril-3 Junio, 2016.