viernes, 19 de agosto de 2016

Reflexiones marginales sobre un rol de las ciencias para el desarrollo de Chile

Uaxactún fue el centro científico-religioso más importante del Mundo Maya. Allí, en la región del Petén, el bosque más importante de Mesoamérica, se alzaba el observatorio mayor de la cultura maya preclásica y clásica.  Era el obligado punto de reunión de los astrónomos de todo el extenso imperio maya quienes llegaban desde diversos rincones para desarrollar ahí sus investigaciones.

Como en el antiguo Egipto o en Babilonia la Grande, sirviéndose de la ocurrencia de eclipses, períodos de sequías, plagas, y otras manifestaciones de la naturaleza, la ciencia astronómica maya constituía uno de los pilares principales sobre los que se alzaba el poder político-religioso dominante. Destinado, sobre todo, a servir de instrumento político-administrativo para el pago de tributos, la realización de sacrificios, y las muchas otras prácticas de gobierno, administración y culto. Tal “Poder”, que provenía de este “Saber científico”, era el fundamento de un sistema político-social omnisciente, hegemónico, inicuo, vertical, y a la vez extremadamente productivo, capaz de mantener y abastecer a una población numerosa.

Este mismo “Poder” y ese “Saber científico” se demostraron ineptos para descifrar  la miríada de señales ambientales (pérdida de bosques, de suelo, sequías), sociales (pérdida de control de élites), y otras (enfermedades) que lanzaba una realidad cambiante. Fueron por ende incapaces de reaccionar oportunamente. Como sabemos, este proceso de desconocer esa realidad culminó con el colapso definitivo de aquella civilización.

Varios siglos después, en otro espacio socio-ecológico, en una sociedad transformada y transformándose de modo incesante, el rol de las ciencias se muestra todavía relevante. Pero aunque su relación con el poder no ha desaparecido en absoluto, ella se ha hecho más difusa. Al mismo tiempo, aumentan las exigencias que les plantea la comunidad por un mayor aporte a un bienestar social y ambiental general.

Tal como aconteció con aquella deficiente lectura de la realidad que concluyó con el ocaso de la civilización Maya, percibimos también hoy día en Chile y el mundo una miríada de señales de todo tipo  –ecológicas, sociales, culturales, económicas- que nos indican  que nuestra visión y nuestra acción política-científico-social presenta graves problemas, a la vez que la percepción y entendimiento de dichos problemas han sido hegemonizadas hasta la obnubilación por el binomio economía-productividad.  

En el CNID (y otros muchos espacios similares) se hace carne la sospecha por la urgencia de modificar y ampliar nuestra mirada, para intentar abordar de manera más efectiva los problemas que subyacen a estas señales. Nuestra presunción es que estos problemas y sus consecuencias sobrepasan en mucho los límites del cotidiano quehacer del mundo político y científico, tal como cada uno de ellos se entiende a sí mismo.  

¿De qué señales hablamos?

Desde mi formación ecológica y mi experiencia en conservación de biodiversidad hay algunas que me son evidentes y archiconocidas. Y no tengo dudas que desde la óptica de otras formaciones y otras experiencias profesionales muy diferentes a las mías, esta lista de señales se agranda y se despliega como un abanico de proporciones inabarcables. Agreguemos aquí que ninguna de estas perspectivas es independiente de la otra.

Desde una faceta ecológica, observamos la degradación constante de ecosistemas/especies/poblaciones. Lo que en la práctica significa la pérdida de los servicios ecológicos asociados y producidos –aunque escasamente reconocidos- por esta base o capital natural.

Algunas pocas constataciones estadísticas, sólo para destacar la invisible conexión entre degradación natural y bienestar humano:
- En la zona central de Chile, donde vive el 80% de su población, en 30 años se ha perdido casi el 45% de la cobertura de nuestro bosque mediterráneo. Esta pérdida de bosque nativo, se prolonga de manera metastásica en la interrupción de funciones ecológicas y de servicios como producción de agua, suelo, medicinas, identidad y valoración cultural.
- Como producto de malas prácticas ganaderas y agrícolas, y más, tanto históricas como presentes, se ha producido una pérdida de casi el 50% del suelo fértil en Chile. Esto ha tenido un impacto directo en la productividad agrícola y en un aumento sistemático de las trampas de pobreza.
- Debido a la sobreexplotación o al mal diseño y manejo pesquero y de las políticas públicas que deberían regularlo, y más, constatamos el agotamiento del 75% de las pesquerías chilenas, el servicio ecosistémico marino de mayor valor para gran parte de nuestra sociedad. Las consecuencias sociales y económicas de esta degradación natural son de una envergadura innegable, y estallan con mayor poder que minas navales a lo largo de nuestra costa. (¿Recuerda alguien del sabor del jurel fresco?)

Desde una perspectiva social, constatamos con frecuencia creciente las fuertes señales de desagrado y descontento de poblaciones y comunidades a lo largo de todo el país. Expresadas estas en levantamientos y/o enfrentamientos asociados a megaproyectos “de crecimiento económico”, sean ellos mineros o de energía, u otros, a lo largo de todo Chile. Se suman de modo cuasi exponencial las protestas de grupos laborales como pescadores, comunidades costeras como la de Aysén, Chiloé, Punta Arenas. También las acciones de resistencia pasiva y activa de etnias como la mapuche, pehuenche, hoy ampliamente movilizadas por demandas ancladas en una historia que se hace presente con una fuerza acumulada por siglos.

Desde la perspectiva económica, las industrias nacionales tradicionalmente más relevantes: minería, pesca, forestal, acuicultura, agricultura y ganadería, presentan, desde Arica a Magallanes, dificultades ingentes y crecientes para implementarse –con activa y efectiva oposición social- como son los casos de proyectos mineros-energéticos principalmente. O tienen iguales dificultades para sostenerse en el tiempo –como es el caso de la pesca, acuicultura, ganadería- producto del ninguneo y degradación de la base natural que las sostiene, la que escasamente es incorporado en el diseño de negocios de estas industrias.

Todas estas perspectivas, los conflictos descritos y a la vista de todos, y ciertamente sus potenciales soluciones, todas ellas están conectadas entre sí. Esto es así  por cuanto los sistemas ecológicos y humanos constituyen un único sistema socio-ecológico: complejo, indivisible, cambiante-histórico, diverso.

Un sistema complejo enraizado en los territorios

Es en este sistema único e intransferible donde el componente humano (y toda actividad humana asociada económica, cultural, social, innovación, ciencias, entre otras) se despliega por entre sus componentes naturales. Al hacerlo, al mismo tiempo los tensiona y los impacta, con las consecuencias y efectos ya descritos. Tal como ocurrió con los mayas y casi todas las culturas que conocemos.

Este sistema socio-ecológico complejo, está enviando señales que evidencian la fractura de cualquier relato hegemónico que se quiera hacer respecto de él desde hace tiempo. Las realidades con todas sus diversidades a cuestas, desbordan las intenciones y esfuerzos de orden, de seguridad. Desarticulan las certezas e inundan  los espacios donde se enclaustra la toma de decisiones.

¿Quién está allí para recibir e interpretar estas señales y actuar en consecuencia? Ciertamente aquello que se llama “el poder político”. Pero hace mucho que este es incapaz de actuar en solitario, mucho menos cuando es generado y se sostiene en procesos de intención democrática. Cualquier “poder político” de este tipo, ejercido con mediana inteligencia, es consciente que requiere del apoyo de otras fuerzas, más allá de las propias.

¿Quiénes pueden ayudar a entender, diseñar y catalizar soluciones? Con seguridad son muchos, y entre ellos se encuentran las ciencias. A diferencia de aquella Mesoamérica que se mencionaba al comienzo, la percepción de este mundo actual hace imprescindible un acercamiento de las ciencias a un espacio más social y de común más silencioso. Se requiere, asimismo, abrir la mirada al espacio natural, que no tiene voz, pero que habla a gritos a través de desastres naturales, de comunidades abusadas y de investigaciones científicas que desde su esquina, evidencian estos procesos.

Los sistemas socio-ecológicos existen efectivamente en territorios concretos. Ellos toman la forma de ensambles humanos variados, distribuidos en ecosistemas diversos. Sus relaciones  son socio-ecológicas, singulares, históricas, irreproducibles. Y por su naturaleza misma, su representación tiene lugar en diferentes escalas: local, regional, global. En cada una de estas se establecen relaciones de dependencia e impacto.  Tales relaciones están definidas (aunque varían) por las personas que interactúan con ellas y en ellas. Con todo lo que esto implica: sesgos y prácticas culturales, sociales, religiosas, etc. Son estas personas, con su forma de tomar e implementar decisiones, las que constituyen el desafío de más alto riesgo de la sustentabilidad. Esto incluye ciertamente a los científicos.

El conocimiento que deriva de la mirada profunda de tales territorios socio-ecológicos, ofrece la posibilidad cierta -y también incierta- de capturar y entender la complejidad real de tales territorialidades, de identificar sus relaciones, develar sus complejas interconexiones. Es en los territorios donde se experimenta en primera persona el sinnúmero de fricciones y dificultades que entorpecen la puesta en marcha de las mejores ideas para las transformaciones sustentables que pueden derivar de las ciencias, o de proposiciones e innovaciones que vienen del resto de la sociedad, y todo lo concerniente a ellas. Por esto, sólo una acabada inspección socio-ecológica territorial puede abrir caminos para evitar estas fricciones y dificultades. 

Si tomamos en cuenta que uno de los principales nutrientes del pensamiento científico es la recolección de evidencias, no cabe duda que la ampliación de la mirada hacia tales territorios, expande el mejor reconocimiento de fenómenos y las fronteras mismas de la ciencia. Este espacio territorial social-ecológico- desmenuzado con el instrumental de las ciencias, es el escenario donde tiene lugar el encuentro de los actores de cambio -incluyendo a los investigadores y sus investigaciones. Es decir, se logra un sustrato fértil para que florezca una  innovación responsable.

Es en dicho escenario donde el mundo de las ciencias, codo a codo con los otros mundos del quehacer humano ha de participar en la compleja ecuación del desarrollo. La habilidad de las ciencias de desafiar las certezas, puede entregarnos una poderosa herramienta para la transformación cultural que hoy el CNID está discutiendo. Una que nuestro país fisurado necesita cada vez con mayor urgencia.  Además, se abre así la posibilidad de encontrar aliados en la demanda de una mayor inclusión científica en Chile, en los difíciles y embrollados temas de justicia, equidad, cuidado del medio ambiente. Todos estos son temas que ya están activos e instalados en nuestra sociedad, y que erupcionan a borbotones en cualquier espacio de interés público y de opinión honesta.

Desde la empiria fueguina

Trabajando al sur de nuestro sur, observo a Chile desde aquel territorio marginal, desamparado no sólo geográfica, sino también científica, económica y culturalmente. Constato que estas observaciones, que son hechas desde una esquina de nuestra sociedad, son una mirada muy alejada del poder.

Mi experiencia en Magallanes gira en torno a la gestión teórico-práctica de las complejidades socio-ecológicas, por medio de un abordaje sistemático, con el objetivo de revertir pérdida de biodiversidad, y para que este impacto se traduzca en bienestar humano y sustentabilidad consecuente. Es así como yo entiendo el desarrollo del que tanto hablamos. Este es justamente el mandato de las ciencias de la conservación, joven disciplina científica, orientada a una misión y orientadora, que ha nacido como producto de la crisis ambiental y pérdida de biodiversidad que sufre el mundo de manera ubicua y avasallante.

Pero la verdad es que tal como ocurre  con otras ciencias, la biodiversidad y su conservación no le interesan a (casi) nadie. Sin embargo es menester agregar aquí, que aun con recursos mucho más limitados que los asignados a otras ciencias; sin un entendimiento y/o interés verdadero por gran parte de la sociedad; sin conexiones políticas-sociales; en un contexto político-social-cultural de hostilidad hegemónica; es desde esta marginalidad que hemos sido capaces de iniciar procesos, modificar trayectorias, convocar voluntades, canalizar y optimizar posibilidades materiales, hacia la consecución de objetivos de conservación.

Mi desafío por la conservación, tiene mucho en común con el desafío que tenemos hoy entre manos en CNID, que es promover el conocimiento y valoración de las ciencias y la innovación, como herramientas para el desarrollo de un país al que por tradición poco le han importado ni la una ni la otra.

Las preguntas que plantean ambos desafíos son idénticas.
¿Cómo hacer visible a todos el valor de la conservación (y de las ciencias)?
¿Cómo lograr que estos temas adquieran la relevancia que se merecen en el tratamiento de otros asuntos?
¿Cómo lograr que se los conozca y se los difunda?
¿Cómo lograr que estos temas entren en las agendas de las instituciones y actores públicos y privados?
¿Cómo lograr que se pregunten lo que ellos pueden hacer al respecto?
¿Cómo abrir procesos que permitan buscar y encontrar respuestas adecuadas a estas preguntas?

Desde la realidad de Magallanes y Tierra del Fuego traigo ejemplos concretos de estos procesos, que podrían ayudar a alumbrar este camino:
La instalación nuestro programa de conservación privado en Tierra del Fuego, el Parque Karukinka, establecido con la idea que pudiese servir como instrumento de promoción y valoración de patrimonio natural como base del diseño de desarrollo de esta parte del mundo. Nuestra propuesta se instaló en un área económicamente deprimida in extremis; un lugar con muchas y muy malas historias de frustradas explotaciones; una región degradada ecológica y socialmente que experimentó uno de los genocidios menos reconocidos y más brutales del mundo, el del pueblo Selk’nam. En una comunidad frustrada y por lo mismo ávida de proyectos de inversión, en la que al comienzo existía ignorancia respecto de nuestro quehacer y, por lo tanto un gran rechazo a nuestro proyecto de conservación. En el mejor de los casos, nos veían como una termoeléctrica verde.

Hoy, luego de más de 10 años y todavía con un proyecto en construcción, somos el mayor referente de conservación de biodiversidad que existe en la zona. Hemos logrado un reconocimiento esencial por parte de autoridades, vecinos, actores privados, locales y globales. Y hemos logrado insertar nuestra reflexión y experiencia en conservación (que nos son comunes a todos) en espacios de discusión locales, nacionales e incluso binacionales. Incluyendo el CNID.

Pensemos, por ejemplo, en la restauración de los bosques templados, los más grandes que existen en el mundo a esta latitud, que por décadas han sido y son afectados por la invasión de castores, con la consecuente destrucción de millones hectáreas de bosques de protección de ríos y cuencas en todo el archipiélago fueguino. Este mega-problema tradicionalmente había sido abordado desde el enfoque sectorial, descoordinado, basado en supuestos errados, con escasa aplicación científica para el estudio y diseño de soluciones. Quizá el mayor problema que afecta estos bosques desde el retiro de los hielos glaciares, fue desde su inicio, desconocido e ignorado en Santiago, el centro del poder en Chile. 

En un proceso integrado y sistemático hemos logrado transformar este tema de conservación en una prioridad nacional y binacional. Esto está plasmado en un Acuerdo Político, único en su tipo, en que Chile-Argentina se comprometen a trabajar en la eliminación de esta plaga. Con este objeto se ha conseguido canalizar inversiones nacionales y globales por varios millones, tanto en Chile como Argentina. Y lo que es mejor se ha logrado iniciar un Programa, que es un gran experimento, para poner a prueba algunas hipótesis de control de esta plaga con el objetivo de generar capacidades diversas necesarias para avanzar en implementar acciones efectivas de control de esta y otras especies dañinas para estos ecosistemas australes.

Otro enorme desafío es la conservación de los ecosistemas de las turberas, amenazados por la minería no sustentable y el cambio climático global. Son estos, los agentes vegetales más efectivos y desconocidos de almacenamiento y captura de carbono en el mundo. Su distribución en Chile es netamente Patagónica, y aunque tiene una relevancia no sólo local sino global, han permanecido desconocidos e ignorados en el centro estratégico nacional que es Santiago. 

Con nuestro trabajo integrado, logramos acercar la toma de decisiones a las turberas, involucrarlos en la discusión local, canalizar investigaciones, instalar procesos de educación y lo más relevante lograr el apoyo político de parte del Ministerio de Minería que nos ha permitido reconocer y proteger miles de hectáreas de valiosas turberas en Tierra del Fuego. Con este apoyo hemos iniciado un viaje por un camino aún no recorrido, en el que minería, medio ambiente, nosotros y más, esperamos idear e implementar acciones conjuntas para impulsar investigaciones pertinentes, conectadas con el manejo racional y uso sustentable de las turberas de Patagonia. Esta es una alianza tan innovadora como desafiante de las prácticas productivas y de sustentabilidad tradicionales. No solo en nuestro país, sino en el mundo.

Está también la promoción de la conservación y el uso sustentable de la costa de Patagonia, área que nos conecta directamente con Argentina. Es probablemente la costa más grande del mundo, y es sostenedora (a la vez que amenazada por ellas) de industrias de gran valor económico como la acuicultura, el turismo, la pesca industrial y artesanal. Desde nuestro trabajo por más de cuatro décadas en Argentina, en alianza con la sociedad civil y academia, hemos promovido la generación de información científica y su conexión con la toma de decisiones de la gestión de la costa patagónica. 

En la práctica esto se ha traducido, entre otras cosas, en el diseño y monitoreo de mejores artes pesqueras, así como el diseño y declaración de áreas protegidas en estas gélidas costas. Gracias a esta visión y trabajo, hoy nuestro vecino país ha dado un vuelco al mar estableciendo bajo el liderazgo del Ministerio de Ciencias, el Proyecto Pampa Azul. Que es una propuesta estratégica, basada en ciencias, para usar racional y sustentablemente su porción del Mar Patagónico. 

En Chile, aunque todavía en un proceso en construcción, con nuestras investigaciones pertinentes y nuestro demostrado compromiso con la sustentabilidad local, hemos logrado impactar el proceso de Zonificación de borde costero que realizara la Región de Magallanes hace poco más de un lustro, donde fue decisiva la decisión de excluir la salmonicultura de la Provincia de Tierra del Fuego.

Desde nuestra experiencia, adquirida en este frío Uaxactún, reconocemos una clave para sumar al fortalecimiento de las ciencias en Chile: esta es, la verdadera inclusión de las ciencias en nuestra sociedad, y la inclusión de nuestra sociedad en las ciencias de Chile. Este camino de encuentro se fortalece en la medida que los procesos y desafíos que enfrenta nuestro país -tanto productivos, sociales, culturales, y más- a lo largo y ancho de todo nuestro territorio y maritorio, todo inserto en un contexto global cada vez más conectado e impredecible, puedan abrirse e integrar personas del mundo de las ciencias, con personas provenientes de los otros mundos nacionales. Estos procesos se fortalecen y catalizan en la medida que sean abiertos, participativos, diversos, y puedan estar estratégicamente dirigidos por personas o instituciones que promuevan esta visión. Estos procesos se enraízan en el quehacer cultural, en la medida que puedan desplegarse en los territorios, que con una mirada de largo plazo puedan hacerse cargo de la diversidad contenida en ellos.

En este ejercicio, propio de la construcción de sustentabilidad, el desafío compartido es la identificación y búsqueda soluciones de problemas concretos que afecten la vida de las personas que vivimos en esta sociedad y que habitamos territorios específicos. Donde cada uno de los participantes, aporte en la identificación y construcción de dichas soluciones. Incluida las ciencias y los científicos, ya no como entes iluminados y aislados, aliados o cómplices del poder ciego, sino como socios en la construcción de realidades más amables.

La verdad es que la sociedad contribuye de muchas formas a las ciencias, y no sólo involucra a científicos: proveyendo fondos, las compañías desde sus instrumentos privados, comunidades locales desde su apoyo a científicos y sus instituciones. En el mundo actual, donde la ciudadanía se alimenta de información y por lo mismo tiene acceso a reflexiones más complejas, ciertamente surge la pregunta ¿qué hace la ciencia por ellos? Y ese desafío debe incluirse como un articulador, aunque no como una sentencia, en el diseño del desarrollo de las ciencias en Chile.

Pensando en Uaxactún, y en el rol que jugó en la autodestrucción de toda una cultura  me hago eco del llamado que realizara la Dra. Jane Lubchenco, destacada ecóloga marina norteamericana, quien dirigiera  por años el NOAA – agencia científica del Departamento de Comercio de los Estados Unidos Agencia Administración Nacional Oceánica y Atmosférica- y Asesora Científica del presidente Obama, quien hace algunos años invitó a establecer un nuevo contrato social con la Ciencia, el que permita que científicos pudiesen destinar energía y talento a los problemas más relevantes del día aportando directamente a la construcción de una sociedad socialmente justa, económicamente factible, y sustentada en una biosfera de calidad.

Desde nuestra marginal y profunda visión y trabajo de conservación estamos comprometidos con la construcción de este nuevo contrato.


domingo, 22 de mayo de 2016

Conflictos ambientales en Chile: el elefante blanco en medio de la sala

Cada vez con mayor frecuencia y a lo largo de todo Chile estallan conflictos socioambientales, asociados a proyectos de inversión, “accidentes” ambientales, “sorpresas” asociadas a cambio climático, entre muchos otros factores. El más reciente de estos eventos está anclado a Chiloé, y toca desde pescadores artesanales, la industria salmonera, agencias estatales, cambio global, científicos y más.

Es importante reconocer que estos conflictos tienen más de una causa, que los factores que los explican operan de manera simultánea, que carecemos de información y capacidad suficiente para resolverlos de manera inmediata y definitiva. Así como que hay oportunidades estratégicas que esperan la respuesta de nuestros líderes.

Uno de los factores más relevantes en afectar el bienestar (o malestar) de la población, incluyendo a comunidades, industrias y más, es la biodiversidad. Tal como hoy reconocemos la importancia y magnitud del cambio climático, el mundo reconoce que la naturaleza es una pieza fundamental para proveer bienestar a la población humana. Incluyendo desde la salud de las personas, hasta la sustentabildad de industrias, pues todos los bienes (agua, aire, alimentos, fármacos, etc.) y servicios (ciclaje de nutrientes, captación de carbono, purificación agua, formación de suelo, etc.) básicos para la vida son provistos directa o indirectamente por la naturaleza.

Debido al efecto ubicuo y persistente de los humanos, esta naturaleza se encuentra hoy amenazada, y degradada como nunca antes lo estuvo en la historia de nuestro planeta. Ello se debe entre otras cosas a la destrucción de hábitat, contaminación, invasión de especies, cambio climático, entre otros. Lamentablemente el valor de la biodiversidad se constata cuando se ha perdido, y en ese momento es muy difícil recuperarla. Los efectos de esta degradación son sufridos desde comunidades locales que ven eliminadas sus fuentes de agua, pescadores que ven contaminadas sus áreas de pesca, industrias como el turismo que ven carbonizadas sus activos naturales, la salmonicultura que recibe el embiste de la marea roja u otras enfermedades, o la ganadería que ve disminuida la producción debido a degradación de pastizales.  Incluso enfermedades emergentes como la gripe aviar o el ébola, tienen su origen en la degradación de la naturaleza.

Es por esta razón el mundo inicia a partir del acuerdo de Río en 1992, momento en que nace el Convenio por la Diversidad Biológica, el primer acuerdo global para lograr el reconocimiento, protección y recuperación de la diversidad biológica, incluyendo sus aspectos genéticos, de especies y ecosistemas. Chile, junto a casi todas las naciones del planeta es parte de este Convenio. Y desde su firma ha dado pasos firmes hacia la implementación de este Convenio, incluyendo la creación del Ministerio de Medio Ambiente, algunas de sus agencias (por ejemplo Servicio Evaluación Ambiental, Superintendencia Ambiental, Tribunales Ambientales) y Leyes/reglamentos asociados (Ley de Bases de Medio Ambiente, reglamento SEIA, Estrategia de Biodiversidad, entre otros).

Organismos muy bien conocidos por Chile como la OCDE o el Banco Mundial reconocen asimismo el valor crítico de la biodiversidad para el bienestar social, y especialmente el bienestar y sustentabilidad de los negocios. Compañías de clase mundial, incluyendo extractivas, de servicios, agencias financieras, entre muchas otras han incorporado en sus estrategias de desarrollo la variable de biodiversidad, lo que representa un paso clave hacia la sustentabilidad. Incluso en Chile, compañías (fundamentalmente mineras) y sectores productivos completos (minería  y energía), han desarrollado políticas explícitas comprometidas con la pérdida neta cero de biodiversidad, comprometiendo (al menos en el papel), el interés de detener la degradación de la naturaleza producto de su producción. Esto es especialmente relevante en Chile, cuya economía depende directamente de sus recursos naturales.

Todos estos son avances significativos que apuntan en la dirección correcta: la de proteger, recuperar y promover el patrimonio natural de Chile, y de paso darle sustentabilidad y bienestar a comunidades, emprendimientos e industria nacional.

Sin embargo hay una pieza clave aún faltante: la de crear un Servicio Nacional de Biodiversidad y Áreas Protegidas, que tenga como único mandato la de velar por el la conservación de biodiversidad, y de promover el diseño e implementación de políticas/herramientas con este fin, incluyendo desde áreas protegidas, compensaciones en biodiversidad, restauración de ecosistemas degradados, entre otras.

Es tal la relevancia de este Servicio, que el envío de una Ley para su creación constituyó uno de dos los compromisos ambientales del actual Gobierno. Este proyecto yace en el congreso sin urgencia y si bien no es perfecto, es absolutamente necesario puesto que organiza las facultades ambientales que están repartidas en decenas de agencias y servicios de estado, cada cual con misiones diversas e incluso contrapuestas, e integra por primera vez las esferas público-privada y marino-costera en la ecuación de la conservación y el desarrollo sustentable.

La aprobación de este Proyecto de Ley constituye la última hebra de la reforma ambiental iniciada en 2006. Es la pieza faltante que permitirá a Chile hacerse cargo de sus ecosistemas, y abordar de manera efectiva los problemas socioambientales que estallan día a día a lo largo de nuestro país. Es el elefante blanco en el medio de Chiloé, en los Salares de Atacama, en el medio del smog santiaguino, o de las playas de Puchuncaví, que todos miran, pero que nadie quiere ver.  

Celebramos hoy el día mundial de la Biodiversidad. Lamentamos (sin sorpresa por cierto), la mención nula a la Ley de Biodiversidad y Áreas Protegidas entregada ayer por la actual Presidenta. A pesar del enorme elefante blanco que está instalado en nuestro Congreso desde hace rato.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Colaboración - enfermedad que cura

Nuestro mundo ha seguido a ojos cerrados aquella idea que la competencia es el motor más importante de cambio, bienestar, desarrollo y más. Desde la teoría evolutiva darwiniana, pasando por el libre mercado, hasta políticas de recuperación económica, todas se sostienen en el supuesto que mientras más y mejor compitamos, “más mejor” seremos.

A lo largo de nuestra historia, a medida que hemos ido corriendo el velo de los paradigmas, hemos ido constatando que este supuesto está lejos de ser cierto. Y que las consecuencias de aplicarlo a todo quehacer humano han sido nefastas. No sólo para los humanos, sino para la miríada de otras especies con las que compartimos este planeta. Muy por el contrario, la evidencia nos viene hace tiempo mostrando que la colaboración parece ser por lejos el mayor generador de bienestar. El más grande motor de avances y progresos de la vida a lo largo de nuestra historia.

La existencia de seres complejos como los humanos por ejemplo, no podría ocurrir si no existiese colaboración entre células/órganos de nuestro cuerpo. Se ha propuesto que la colaboración en su grado máximo: la simbiosis -donde un organismo no puede existir en ausencia del otro- explicaría que las células hubiesen podido complejizarse y realizar fotosíntesis o respiración. Ambos procesos clave para la vida tal como la conocemos. Y lo que es más relevante, que en condiciones de máxima precariedad, estas noveles relaciones de cooperación permitieron no sólo sostener la vida, sino catalizar el mayor despliegue de diversidad biológica conocido hasta hoy en el universo.

Sumidos como estamos en esta crisis, donde los problemas estallan en todos los ámbitos de nuestra cultura: educación, economía, soberanía, degradación ecosistemas...una precariedad brutal y ubicua…la pregunta que surge en cada foro que participo es: cómo resolvemos esta crisis?

Desde mi experiencia en conservación de biodiversidad reconozco algunas claves (todas obvias por cierto), que incluyen: asumir la complejidad, reconocer la incertidumbre, diseñar/implementar procesos que permitan aprendizajes compartidos y mejoras sucesivas, impulsar estos procesos a escala local –con los actores relevantes de manera transparente- y conectarlos con fenómenos de orden global…y por sobre todo…entrar en estos procesos de manera colaborativa.

Estas declaraciones son fáciles de hacer desde un think tank o casa de estudios, pero “otra cosa es con guitarra”… cuando tenemos que hacer carne estas ideas en la realidad, involucrando a instituciones variadas, compuestas con personas variopintas, cada una (institución/persona) con sus propios objetivos y métodos, historias, capacidades, etc… la marcha se pone complicada…y lo que ocurre muchas veces, es que a pesar de las buenas intenciones…los excelentes y declarados principios…las cosas no funcionan y no obtenemos los resultados esperados. Esto generando frustración y profundizando la desconfianza propia y colectiva de poder salvar un nuevo o similar desafío.

La conservación que realizo se basa en promover el conocimiento, valoración y cuidado de la biodiversidad, en el entendido que ella es la proveedora más importante y directa de bienestar humano (piensen un minuto en lo que comen, lo que respiran, lo que beben, donde se cobijan, los remedios que los sanan…todo eso y más viene de natura. Y ya). Tarea compleja, por decir lo menos, en un país (y mundo), donde creemos que las plantaciones son bosques, donde pensamos que los conejos son animalitos del campo de Chile, donde pensamos que la naturaleza es algo que está por allá lejos, en Patagonia, y sobre todo porque creemos que las actividades económicas son cosas que viven y florecen en un espacio vacío, desprovisto (y no dependiente) de especies (diferentes de la humana) o ecosistemas. Mi tarea de conservación se basa y requiere colaboración. Y estoy convencida que el mayor cambio cultural que debemos enfrentar para poder resolver la crisis de nuestra biodiversidad, pasa por promover y contagiar la colaboración dentro de nuestro país, y fuera de él.

Y lo que he constatado en este camino de probar-fallar-volver a intentar que en cada Institución -pública, privada, local, global- existen personas que miran el mundo de manera colaborativa. Y otras que no. Existe en todo lugar seres que reconocen la necesidad de sumar esfuerzos y de invertir su trabajo en la generación de bien común. Y otros que no. En cada espacio humano hay individuos que intentan construir en base a conocimiento, a la vez que hay otros que imponen sus planos arquetípicos a como dé lugar. Existen los sujetos que trabajan para la foto y el informe de cumplimiento, al mismo tiempo que otros lo hacen para lograr impactar positivamente la porción de realidad que les compete o interesa. 


Si queremos tener la opción de transformar nuestro mundo, y cambiarlo por alguno mejor, sólo nos queda promover y dejar florecer la cooperación. En todas sus formas. Que aflore y brote por cada rendija nacional. Es relativamente sencillo reconocer los "mutantes colaborativos". Es el punto de partida. Es importante luego resguardar y promover su existencia. Construir con ellos los proyectos que necesitan ser construidos. Cada uno un reguero de sinergia. Cada uno un agente de contagio. Inoculadores de mutualismos, reciprocidad, entrega y más. Nodos humanos de redes transformadoras. Impactando comunidades y catalizando la transmisión de este extraño y necesario virus de la cooperación. Impulsando su propagación incluso más allá de las comunidades humanas…

He aquí el cómo que conozco. Y que me atrevo a aventurar puede ser la cura del mal que nos aqueja. Y que nos corroe día a día ecosistemas y alma.  

viernes, 29 de abril de 2016

Field Work - Trabajo de Campo*

El trabajo de campo de Christy comenzó quizá hace un largo tiempo y la llevó a Tierra del Fuego en el año 2010, donde se cruzó con mi propio trabajo de terreno, en una fresca mañana de febrero. Yo llevaba unos años impulsando un singular y bello proyecto de conservación en el sur de la isla grande: Karukinka, promoviendo el conocimiento y valoración de la biodiversidad de este pedazo de tierra. E intentando enviar un austral mensaje de conservación a Chile y más allá.

Ambas fuimos parte del primer Taller del proyecto Ensayos, al que fueron convocados un novel grupo de científicos (mi caso) y artistas (su caso). Fuimos invitadas a realizar un recorrido compartido que nos permitió visitar diversos destinos al sur de esta isla. En esta travesía híbrida exploramos sus ecosistemas: sus bosques, sus turberas, y nos sumergirnos en su fría costa. Palpamos la fauna austral: guanacos, zorros, cóndores, que antaño sirvió de alimento a la imaginación de los “descubridores” de este mundo. Nos impactamos al constatar las amenazas que penden sobre esta naturaleza como castores o fuego. Compartimos obra e investigaciones, en privadas y sendas exhibiciones, expuestas no sólo a nuestros ojos humanos, sino especialmente a la majestuosa naturaleza austral. Gozamos descubriéndonos los unos a los otros. Y juntos le dimos una nueva mirada a este frío mundo fueguino.

Se daba inicio así al proyecto Ensayos, un esfuerzo liderado por Camila Marambio, el que pretendía generar un espacio de encuentro de mundos que corren casi paralelos: las ciencias y el arte.  En un escenario tan tangible como imaginario: la Tierra del Fuego. Mundos alejados el uno del otro, como parecen ser a veces las ideas y las realidades. Un espacio que desde una geografía especial: austral, vasta, confinada a la esquina de América, dominada como pocas por la naturaleza, se abrió hace un lustro para recibir en su seno  este grupo de exploradoras del siglo XXI.

La Tierra del Fuego constató tempranamente el arribo de grupos humanos los que pulularon por estos parajes, adentrándose en su verde corazón: el bosque fueguino. Estos bosques, los más australes del mundo, simples a simple vista, son imponentes ecosistemas sostenidos y compuestos por asombrosos especies de plantas, hongos y animales. El muy reciente arribo del mundo europeo por estos parajes, cargados con una visión colonizadora hegemónica, sumado al genocidio de los Selk’am la etnia originaria de estos parajes, sepultó literalmente estos ecosistemas forestales, reduciéndolo sólo a su dimensión maderera. Materia prima sin cuerpo ni alma. Madera que se extrajo por décadas, transformando estos bosques centenarios en ciudades. Obviando de paso la riqueza esmeralda contenida en esta fría foresta.

Desde aquel encuentro, Christy ha Ensayado una y otra vez su mirada hacia la naturaleza. Ha tratado de comunicarse con ella de diversas formas, poniéndole oreja e intentado darle voz. Y ha compartido sus aprendizajes conmigo, y con el resto del mundo. En sendas exposiciones en París y Nueva York, ha logrado transportar nuestra naturaleza fueguina y exhibirla no como un raro animal de zoológico, sino como un ser palpitante y atractivo. 

En su último viaje de campo, extrajo de mi bosque favorito una esencia multicolor nunca antes imaginada ni menos develada por mis investigaciones…demostrando la fuerza transformadora del “field work”. El trabajo de Christy, bellamente materializado en formas de tintes, tejidos y lanas, abre una nueva dimensión a la diversidad contenida en los bosques de Tierra del Fuego. Mil veces he explorado esta foresta. Mil veces he contado sus árboles, medido la profundidad de su suelo, o estimado el caudal y la acidez de sus ríos. Nunca antes había constatado la savia multicolor que corre en sus venas. Ni vislumbrado cuántas otras dimensiones todavía por descubrir, albergan estos ecosistemas que tanto adoro y tanto me he esforzado por conservar.

Y este viaje de Christy, al que me he sumado casi de polizona, me ha llevado de lo que fui a lo que soy. Ha logrado dar completamente vuelta mi propio entendimiento de las ciencias. Constatando las múltiples formas de adquirir conocimiento. Asombrándome con las múltiples formas de preguntar a la naturaleza. Complejizando hasta casi el infinito mi práctica de la conservación. Abriendo hasta casi el infinito las posibilidades de acceder a conocimiento, y de paso expandiendo el universo de lo posible en la conservación del sur.

El conocimiento humano y de lo humano ha venido acumulándose a lo largo de milenios. Aportando en este proceso diversas fuentes, algunas más reconocidas que otras. Algunas con mayor impacto que otras. Filósofos y científicos delinearon conocimiento muy tempranamente en nuestra sociedad, generando conceptos en sus cabezas, los que luego definieron formas de ver y entender el cosmos. Millones de personas anónimas por otra parte colectaron conocimiento local, en sus incursiones diarias para alimentación, disfrute o sobrevivencia. Estas dimensiones: la científica y la consuetudinaria no necesariamente están alineadas. Sea por prejuicio, desconocimiento, poder, o quién sabe, hemos construido sendos mundos en nuestras mentes, desacoplados de las realidades de nuestro día a día. Hemos inventado Tierras planas, universos geocéntricos, Dorados, grifos, sirenas y unicornios. A la vez que hemos obviado culturas, ecosistemas o procesos tan naturales como ubicuos, justo allí enfrente de nuestros ojos.

Estos caminos de aprendizaje se cruzan cuando se concreta el “field work”. Es justo este el momento en que la idea abstracta se materializa, y en donde las realidades infiltran creencias, anhelos o temores. Es en la realidad del terreno donde los pensamientos se nutren efectivamente de realidades, y nuevos mundos emergen en la mente y corazón de las sociedades. ¡Y hay tanto territorio por explorar! Tanta idea esperando ser nutrida por tierras tan ricas como variadas. Gran parte de estos mundos están en esta parte del mundo, en el hemisferio sur. Y quizá los más espectaculares están en el sur del sur, en Tierra del Fuego. Allí donde la vida terrestre toca a su fin, y se zambulle en una fría y húmeda vida marina, en algún tiempo la más rica del universo.

El trabajo de campo de Christy repica ahora en mi mente. Miro el cambio propio en sus lanas multicolores. Siento que finalmente estamos cerca de conocer la verdadera alma de los bosques fueguinos. ¡Finalmente! De teñir su historia de uso y abuso con una pincelada de valor y esperanza. Añoro leer el cambio por venir que permita transformar el uso actual de estos bosques para alcanzar algún futuro. Y quiero invitar a muchos a salir al campo. A (re)visitar con su mirada las realidades que han dado por sentadas. Y a sentir a través de su palma el palpitar de este nuevo bosque. Y a tomar su finalmente su mano para transitar estas nuevas realidades naturalmente humanas. 

*Publicado en "Field Work" de Christy Gast, Catálogo Exhibición Galería Patricia Ready, 27 Abril-3 Junio, 2016.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Jardines de Sanssouci, o inversiones apropiadas para enfrentar problema de calentamiento global

El pasado mes, en el marco de un taller internacional de conservación privada realizado en Berlin, visité los jardines de Sanssouci, en la vecina ciudad de Potsdam. Estos jardines han sido construidos a lo largo de centenas de años, con el objetivo de albergar los caprichos estivales de diversos reyes prusianos, incluyendo a Federico el Grande. En la actualidad Sanssouci incluye cerca de 3,000 árboles, en sus casi 300 ha de terreno, los que sirven de matriz a un número importante de palacios, esculturas, fuentes. Todo un paisaje humano, de gran significancia para el pueblo alemán.

Este pequeño espacio también recibe los embistes del cambio climático, y Alemania espera invertir cerca de $50 millones adicionales de euros cada año, para poder mantener el jardín tal como está ahora.

Es interesante analizar este caso, a la luz de la discusión que ahora mismo se desarrolla en París, en la COP21, la que espera acordar mecanismos que permitan reducir el calentamiento global.

En un contexto global, se ha reconocido que la detención de la deforestación amazónica podría por si sola detener el incremento de temperatura de nuestro planeta. Al mismo tiempo que se reconoce el valor que tienen las áreas protegidas no sólo para ayudar a frenar los efectos de cambio global, sino para permitir la adaptación y amortiguación ante sus efectos, tanto por especies humana como no humanas.

Uno de los sectores más valiosos de la Amazonía es Yasuní, en Ecuador: casi 10,000 km2 de selva tropical, rica en especies, gentes, y petróleo. En una iniciativa fallida, este país ofreció al mundo la posibilidad de conservar los bosques a cambio de la creación de un fondo que permitiera aportar recursos para el desarrollo del Ecuador. Se esperaba recaudar US$3,600 en 13 años, y sólo se juntaron US$13, al cabo de tres años de esfuerzo. Si sólo se hubiese asegurado un aporte equivalente a la jardinería anti-cambio-climático de Sanssouci, se habría reunido en 10 años, casi el 15% de este monto. Con 7 otros aportes como este, se habría podido salvar todo Yasuni. Aportando de manera significativa a la reducción del incremento de temperatura terrestre. Que es justamente lo que se quiere amortiguar invirtiendo 50 millones adicionales de euros cada año en Sanssouci.

Chile tiene casi un 20% de su territorio en áreas bajo protección, las que albergan vastas y valiosas extensiones de bosques, humedales, campos de hielo, cursos de agua, mar abierto, todos ecosistemas críticos para mitigar los efectos del cambio climático. Aunque somos un país “rico”, invertimos casi nada en la gestión de estos territorios, y tenemos un déficit cercano a los US$60 millones anuales. Un año de poda de Sanssouci, podría mantener las casi 16 millones de ha de ecosistemas naturales que hoy están protegidos en el papel en Chile. Para dimensionar el valor de estas áreas pongo como ejemplo Karukinka en Tierra del Fuego, donde hay cerca de 60 millones de árboles maduros, vivos, sanos, capturando CO2 atmosférico. Aportando desde el hemisferio sur a la mitigación  efectiva de los efectos del cambio climático. El mismo que afecta la mantención de la postal tradicional de Potsdam.

A partir de estas comparaciones, se devela uno de los grandes problemas de esta discusión parisina: un problema global como este, sólo puede resolverse analizando y decidiendo inversiones de manera estratégica, a escala global. Esto requiere mirar más allá de las fronteras de cada país, de cada continente incluso, de cada grupo de poder, de cada compañía, de cada comunidad, de cada ciudad, para ver cómo invertir de manera efectiva los millones que ya están destinados a este problema. Ese es el verdadero desafío. Es el mismo que experimentamos en Chile a diario, cuando debemos decidir cómo invertir los fondos nacionales, y privados, en temas de conservación. Resulta que cuando el análisis se hace a la escala adecuada, de manera estratégica e integrada, se abren todos los espacios para la generación de bien común, y comienzan a aparecer las soluciones a problemas que pensamos no la tenían.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Manifiesto por la educación para la conservación del mar chileno*

Desde hace ya una década, dirijo un proyecto de conservación de biodiversidad en Tierra del Fuego: El ParqueKarukinka. Un lugar donde la vida terrestre como la conocemos, casi toca a su fin, y se adentra en el frío océano sub-antártico para dar paso a la maravilla que es la vida marina, en uno de los océanos más diversos, hermosos  y productivos del mundo: el mar Patagónico. Allí, en los confines de nuestro continente americano, se entrelazan de manera natural océanos Pacífico y Atlántico, un encuentro de dos mundos tan feroz como permanente.

Tanto como que existe la ley de gravedad y que la tierra no es el centro del universo, la ciencia ha demostrado que humanos y naturaleza, gente y océanos, confluyen en un mismo sistema. Se manifieste a escala global, o a escala de un pequeño fiordo patagónico... la verdad última es que los humanos no pueden acceder ni mantener bienestar, si no son capaces de mantener ecosistemas sanos y pujantes. La degradación de los ecosistemas marinos por lo tanto, redunda directa y ampliamente en pobreza y miseria. 

Dada la naturaleza histórica, compleja, de la vida que bulle en los mares, su protección precisa de un abordaje diverso e integrado, única forma de aspirar a éxito en esta tarea.

Un ejemplo de este océano austral es  el Seno del Almirantazgo, un fiordo como tantos otros fiordos patagónicos, que es hábitat de biodiversidad singular y bella, de enorme valor ecológico, económico, cultural, e incluso espiritual. Un pequeño ejemplo que se repite a lo largo de las costas de Patagonia, haciendo de este océano, uno de los más misteriosos y valiosos del planeta, y efectivamente uno de los más demandados y menos protegidos.

Con el deseo de aportar al que constituye el mayor desafío que enfrenta hoy la humanidad: la pérdida de biodiversidad, incluyendo especialmente la marina,  hemos promovido el uso del Seno de Almirantazgo como un gran laboratorio natural. Una enorme y verdeazulada placa de Petri que nos permita desarrollar y poner a prueba herramientas que nos ayuden a hacer avanzar las fronteras de lo que es posible, y nos permitan alcanzar la conservación de nuestro mar.

Gran parte de los “experimentos” que hemos desarrollado en estos alejados parajes han sido educativos. Porque aunque cueste creerlo, niños, jóvenes e incluso profesionales de Tierra del Fuego y del resto del país, no conocen la biodiversidad de su tierra. Y cuesta creer que rondan por sus cabezas tigres, leones, elefantes, jirafas, pinos o rosas, sin existir en sus mentes siquiera un atisbo de huemul, o un pingüino magallánico. A pesar de vivir en una de las zonas con menor huella humana, con acceso a las mayores extensiones de biodiversidad de Patagonia, especies como guanacos, zorros, albatros, quedan rezagados en la mente de nuestros australes compatriotas. Para qué decir de biodiversidad marina! Ella simplemente...muchas veces no existe. Y como consecuencia de esta ceguera, agoniza la posibilidad de su conservación.

Y es por ello que desde hace más de una década hemos desarrollado el que quizá es el programa de educación para la conservación más importante de Tierra del Fuego. Lo cual suena rimbombante, pero no lo es tanto, cuando se considera la escasa población humana que habita estos parajes. A los largo de los años hemos realizado numerosos esfuerzos para difundir el conocimiento y valoración de la biodiversidad patagónica, y promover su conservación.

Pero dado que la realidad es lo que consideramos verdadero. Y lo que consideramos verdadero es lo que creemos. Lo que creemos se basa en nuestras percepciones y lo que percibimos es aquello que estamos dispuestos a ver. Desde Patagonia, nos hemos esforzado por hacer de nuestro ejercicio educativo una alternativa para cultivar el ojo, para preguntarse por lo que no se ve. Y el océano está colmado de cosas invisibles. La educación que hacemos nos dispone a ver el mar como nunca antes hemos necesitado ni querido verlo. 

No pensamos la educación en el sentido clásico de entrar en un aula, para intentar adoctrinar a niños y jóvenes en materias específicas, sino desde una mirada más esencial: ejecutándola educación como un arte para la transformación.

En este caminar educativo, hemos podido develar a la comunidad fueguina y de sus alrededores, muchas veces por primera vez, la existencia de biodiversidad nativa, endémica, valiosa y bella. Hemos delineado herramientas educativas que nos ayuden a romper con falsas creencias, superar cegueras culturales, empujándonos a visitar el mar, levantar sus rocas y escarbar su arena, curiosear con jaibillas y huiros, dejando que esta vida marina nos colonice de pies a cabeza. Una educación que nos permita reajustar nuestros hábitos mentales, y nos permita reconocer el azul del mar, su movimiento eterno, su bullada y compleja vida acuática.

Un auto desafío crítico ha sido la creación de material educativo local, con especies y ecosistemas locales…materiales todavía inexistentes en Chile. No quiero detenerme en el hecho que hemos ejecutado más de 17 proyectos de educación, canalizado fondos de todas partes del mundo para financiarlos, convocado y alineado a más de 30 socios locales, nacionales y globales en esta empresa, convocado a más de 40 escuelas y más de 7000 estudiantes de la región, quienes han participado de manera directa en nuestra actividades educativas.


No quiero detenerme tampoco en mencionar que este esfuerzo educativo no ha pretendido nunca estar confinado a las aulas, sino a tocar a la comunidad fueguina toda. Es así que en este proceso hemos trabajado con pescadores artesanales, con profesores de toda la región, guardaparques, incluyendo uno de los sitios más aislados nacionales, como es Puerto Edén, último refugio de la población Kaweshkar.

Hemos producido materiales con identidad local, en formatos variopintos incluyendo libros, videos, juegos, trivias, guías de campo, coloreables, los que hemos distribuido en números que sobrepasan los 30 mil ejemplares, haciendo esfuerzos por incluir a discapacitados, entre muchos otros. Hemos promovido y participado en decenas de ferias científicas escolares, creado clubes, cafés y chocolates científicos, niños y niñas ganadores! que desde este alejado confín de nuestro país, han logrado vencer en sus categorías a nivel local, regional e incluso nacional. Nuestro esfuerzo ha sido reconocido por nuestros queridos socios del Liceo Fueguino, y del Ministerio de Medio Ambiente, líder natural del tema de conservación en Chile.

...Nada malo para un pequeño programa, que crece a contratrapelo, capeando el viento patagónico y otros azotes no tan naturales. Como muchos de los programas de educación para la conservación del mar que flotan, a veces a la deriva, a lo largo de nuestra costa.

Las experiencias educativas marinas existentes en Chile son extraordinarias. Construidas a pulso, lejos de la urbe metropolitana, con recursos financieros menos que escuálidos. Muchas de ellas no sólo han sido capaces de mantenerse, sino de crecer en el tiempo. De ellas han surgido los clásicos productos tangibles: como libros, folletos, videos educativos, los cuales sirven de ladrillos que se utilizan una y otra vez para construir esta nueva cultura. Pero la mayor parte de este esfuerzo son productos tan valiosos como intangibles. Contingentes cada vez crecientes de personas con una nueva y común visión, dispuestas a trabajar para llevar este océano de hoy al próximo siglo. El dorado de nuestra América finalmente aflorando.

Sabemos que nuestro esfuerzo vale la pena, pues el mar de Patagonia es una porción valiosa del océano de nuestro planeta. En sus costas casi infinitas, alberga biodiversidad de singular valor ecológico, que ha moldeado culturas, a la vez que hoy sostiene diversas industrias de envergadura local y global.

Es en efecto la costa de Patagonia una muy buena metáfora del valor y los desafíos que enfrentamos día a día, aquellos que desde diferentes trincheras, intentamos educar sobre la importancia de nuestro océano, promoviendo su conocimiento y conservación. Estas costas son enormes. Vastas como todo el mar de personas que necesitamos impactar con nuestro mensaje de conocimiento y cambio cultural. Es un mensaje que nace una y mil veces, en cada recoveco de mar, en cada isla aislada. Pero también es un mensaje que el viento fresco tumba una y otra vez, y que corrientes y remolinos marinos alejan de las costas, impidiendo su buen arribo a puerto.

Ya lo vimos en el video: iniciativas como las impulsadas en Karukinka hay muchas en Chile. Todas diferentes. Todas similares. Programas de educación más o menos grandes, que permanecen más o menos en el tiempo. Esfuerzos locales por generar acciones de educación variadas, relacionadas con turismo, uso sustentable, oceanografía y tantos otros temas. Existen a lo largo de nuestras costas cual islas de este archipiélago.

Son escasas las oportunidades que existen para reunir cada uno de esos mundos, menos para trabajar cooperativamente en torno a una visión integrada de educación para la conservación, y menos aún para sostener un trabajo de largo aliento, que permita construir entre estas islas, puentes variados y efectivos. Parte de estos problemas ya han sido comentados por Pablo, Miriam y Alexa. Y lamentablemente reflejan la base de lo que quizá son los desafíos más grandes que tenemos para abordar el tema del cambio cultural para la conservación.


Por ello, en un automandato ineludible, ha sido la de reunir nuestra pequeña pero significativa experiencia de educación, a otras. Más o menos Pequeñas, mas o menos elocuentes. Y hemos junto a ellos intentado delinear una visión común, y forjar herramientas variadas. Y hemos constatado que la única forma de escalar estas pequeñas experiencias es reunir esos esfuerzos.

No cabe en este proceso nada más ni nada menos que un liderazgo inclusivo, que carente de ego, permita promover el bien común, el que llega irremediablemente cuando se conserva el océano todo.

Como todo cuando nace, cosas y procesos, se nace pequeño. Micro-cambios culturales hoy son empujados por iniciativas de educación a lo largo de Chile, Estos cambios culturales sin embargo, si son sostenidos por largo tiempo, pueden llegar a cristalizar en obras monumentales. Por lo que si aspiramos a responder a la velocidad requerida para revertir la pérdida del océano, es un deber de nuestra sociedad instalar activa y rápidamente todo un Sistema educativo para el cambio. Basado en experiencia acumulada, este sistema debe estimular la exploración activa del mar, la integración efectiva de ese conocimiento, y el deseo desenfrenado de cruzar la frontera de lo inalcanzable, para diseñar soluciones tangibles a los problemas de conservación del océano.

La responsabilidad para con nuestro océano, requiere no sucumbir ante soluciones simples y someras. Simplemente porque ni la biodiversidad marina, ni la educación que requerimos para su conservación son simples. Debemos aceptar que no existe una varita mágica capaz de resolver todo este azul problema. Aún con todas las áreas protegidas delineadas y creadas en un mapa, aún con todos los compromisos globales firmados en un acta, aún con todas las leyes que controlen el uso y mejoramiento del mar proclamadas, si esas declamaciones no se materializan e instalan en nuestra cultura, estos esfuerzos no serán más que gotas en un mar infinito.

Según ha indicado nuestro Canciller en más de una ocasión, el gran objetivo de esta Conferencia global es lograr que Estados y Organizaciones se comprometan con la conservación del océano.
Hemos traído acá, por el contrario, un compromiso ya adquirido hace tiempo. Demostrado en acciones concretas desplegadas a lo largo de Chile, implementando herramientas clave para gatillar el cambio cultural que nos permita avanzar en la conservación de este océano que hoy nos convoca.

También sabemos que este encuentro global es un acto político, y venimos acá con nuestro demostrado y viejo compromiso bajo  el brazo, para justamente eso: clamar por un nuevo pacto con la educación para la conservación de nuestro mar. Levantamos hoy acá nuestra mano, junto a las manos de decenas de niños y profesores de todo Chile, pidiendo apoyo para construir sobre la visión y experiencia acumulada una educación para la conservación efectiva del mar, y catalizar con ello los procesos de cambio que tan urgentemente reclama nuestro océano.

Si nuestro océano pudiese tomarse las calles, enarbolar pancartas, votar en las próximas elecciones, su demanda educativa estaría a la cabeza de sus protestas. Y su exigencia realista y sin renuncia, sería la de fortalecer, promover, integrar y amplificar, las iniciativas de educación que huérfana pero poderosamente han nacido a lo largo de nuestro país.

El compromiso que necesitamos hoy día del mundo político global y especialmente local, reunido en esta vitrina que mira el futuro del océano de nuestro planeta, es el apoyo para poder fortalecer y extender estas experiencias educativas a escalas que sean proporcionales al tamaño de los desafíos con que nos baña nuestro mar.


Desde este foro fundamentalmente político, la educación para la conservación del mar envía un mensaje: consigna sin sustancia no salva océanos. No protege ni permite restaurar ecosistemas degradados. No restituye servicios ecosistémicos disturbados. Esa sustancia y contenidos son generados por hombres y mujeres de ciencia. Hombres y mujeres de conservación. Los que con esfuerzo, a lo largo de Chile han reunido estos mundos en una educación con misión: la de cambiar el rumbo de nuestro mar, aspirando con ello a llevarlo al siguiente siglo.

La realización humana llega a su cima cuando el individuo es capaz de desplegar su potencial al máximo. Un país que no conoce su océano, no puede ofrecer más que una vida colectiva truncada. Imposibilitada de desplegarse en todo su esplendor, ni mucho menos de producir todo el bienestar posible de ser alcanzado. Nuestro país debe iniciar un viaje de auto-descubrimiento, entrando en la porción más profunda de su alma, que es nuestro océano. Basado en nuestras experiencias, auguramos que este viaje no solo será uno de los más grandes, sino de los más fértiles para nuestra nación.

Los esfuerzos que hemos desplegado a lo largo de los años en estas iniciativas  educativas han requerido coraje y creatividad. La proeza de develar el mar, el que naturalmente oculta sus maravillas bajo tules de variado azul, se duplica al considerar los prejuicios que derivan de la ignorancia sobre su operar, y sobre su rol en generar beneficios a la humanidad en el largo plazo. Y es exactamente ese el secreto de todo cambio cultural verdadero: la liberación de ataduras, la creación de la diáspora, y la remoción de los escombros que deja la ignorancia, ahuyentando pestes tan pestilentes como la desvaloración del mar.

Hoy invitamos a los líderes acá reunidos, a permitirse un lujo necesario, inspirado e inspirador: a permitir cambiar sus mentes. A dejar atrás ataduras culturales variadas, y abrazar la evidencia acumulada por años de experiencias educativas en torno al océano. A tomar estas nuevos y sabios lineamientos para cultivar la nueva y necesaria mirada. Y a dejarse guiar por las experiencias educativas ya florecidas, que cual estrellas de una nueva constelación, pueden servir de guía en la navegación hacia el porvenir.

Este no es un manifiesto vacío, sino que está sostenido en la experiencia acumulada por aquellos que estamos con las manos en la masa del  cambio. Ustedes lo pueden constatar en este mismo Congreso, donde este mismo momento estamos desarrollando un campamento científico marino, con niños de todo Chile: desde cálido norte hasta la fresca Tierra del Fuego, cuya organización ha requerido la confluencia de grandes cantidades de voluntades, las cuales hemos sabido no sólo convocar, sino articular de manera cooperativa, sinérgica y finalmente hermosa, para poder demostrar con hechos, la proclama que hoy enviamos desde esta sala.

Venimos a decirles quiénes somos. Venimos a compartir nuestra experiencia. En retorno pedimos vuestro complementario y simétrico compromiso…

¡Y esperamos estén dispuestos a entregarlo!

*Presentado en el Panel Pensando nuestro Océano, en la cumbre Nuestro Océano, Valparaíso, Octubre, 2015.